El cuerpo y la muerte en Alejandra Pizarnik- Javier Gil Martín




Como bien señaló su amiga Marta Isabel Moia en una entrevista, en la poesía de Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1936-1972) hay una serie de palabras recurrentes, ella las llama signos y emblemas, sobre las que la poeta volvía obsesivamente como noche, errancia o jardín, pero dentro de éstas hay dos que no señaló y que la propia Pizarnik le recuerda en la entrevista. Ambas son claves para acercarse a la forma de entender el hecho poético de la autora argentina; cuerpo y muerte: “Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos”.

Y es que esa búsqueda del cuerpo del poema, esa escritura del cuerpo como la de su amigo Severo Sarduy, recorre toda su obra: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”, escribió Alejandra Pizarnik en “El deseo de la palabra”, un poema perteneciente a su último libro, El infierno musical. Y su obra y su vida son un ejemplo de esa voluntad de romper la distancia entre la vida y la poesía que la acerca a otros grandes poetas muy admirados por ella: “...el sufrimiento de Baudelaire, el suicidio de Nerval, el precoz silencio de Rimbaud, o la vida y obra de Artaud... Estos poetas, y unos pocos más, tienen en común el haber anulado —o querido anular—, la distancia que la sociedad obliga a establecer entre la poesía y la vida”, dice en un artículo dedicado a su admirado Antonin Artaud. Y en una anotación de su diario de 1962 escribe: “Deseos de escriturarme, de hacer letra impresa de mi vida. Instantes en que tengo tantas ganas de escribir que me vuelvo impotente. Digo escribir por no decir cantar o bailar, si se pudieran hacer estas dos cosas por escrito. El lenguaje me desespera en lo que tiene de abstracto.”.

La tentativa de hacer el cuerpo del poema con mi cuerpo llega a verse reflejada incluso a la hora de componer el poema: “...lo hago de una manera que recuerda, tal vez, el gesto de los artistas plásticos: adhiero la hoja de papel a un muro y la contemplo; cambio palabras, suprimo versos. A veces, al suprimir una palabra, imagino otra en su lugar, pero sin saber aún su nombre. Entonces, a la espera de la deseada, hago en su vacío un dibujo que la alude. Y este dibujo es como un llamado ritual”. En este texto también se trasluce otra de sus grandes pasiones; la pintura.



La chanca de Carlos Pérez Siquier

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Dada la obsesión de la argentina con la mortalidad, y entendiendo así la poesía, la muerte, necesariamente ha de ser una presencia casi corpórea. Dice la muerte hablando con la niña sobre la reina loca en el cuento A tiempo y no, donde la muerte es un personaje más: “No le hagas caso —dijo la muerte—, está loca. ¿Y cómo no va a estarlo si es la reina loca? —dijo la niña. Siempre divaga sobre lo que no tuvo. Lo que no tuvo la atragantaba como un hueso —dijo la muerte.”. Podríamos pensar además que la reina loca es un trasunto de la propia Alejandra (como la pequeña muerta, la enamorada del viento, la pequeña viajera, la ausente, la silenciosa en el desierto...).

Una obsesión con la muerte vinculada a un anhelo de infinitud insaciable que reaparece obsesivamente en sus diarios: “No hay duda. Estamos heridos. El signo de la carencia. Soy —somos— carencia.”, y que se manifiesta también en una búsqueda continua (o espera) de un amor imposible que ella misma sabe irrealizable: “Pero lo principal, el núcleo de mi proyecto, es así: esperar con esperanza algunos años en los que nada importará salvo ese encuentro desde ya declarado imposible”.

Si bien es verdad que es fácil caer en la tentación de asociar las muchas muertes de los libros de la poeta con su muerte real (Alejandra Pizarnik murió en Buenos Aires en 1972 a causa de una sobredosis de barbitúricos), no debemos olvidar que, como dice Frank Graziano, sólo nombra la muerte que sufrió Pizarnik como autora, como personaje de su propia ficción, cualesquiera que fuesen las intenciones específicas de Pizarnik como persona. El problema son quizá sus diarios, donde la muerte es nombrada infinidad de veces y el componente biográfico es incuestionablemente mayor.


Artículo y selección de poemas de Javier Gil Martín para la revista Adiós

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La petite fille aux feuilles mortes, Edouard Boubat, 1947

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SILENCIOS

La muerte siempre al lado.
Escucho su decir.
Sólo me oigo.

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Alejandra Pizanik (Buenos Aires, 1936)
De Los trabajos y las noches (Sudamericana, Buenos Aires, 1965)
En Poesía completa (Lumen, Barcelona, 2000)

VÉRTIGOS O CONTEMPLACIÓN DE ALGO QUE TERMINA

Esta lila se deshoja.
Desde sí misma cae
y oculta su antigua sombra.
He de morir de cosas así.

Alejandra Pizanik (Buenos Aires, 1936)
De Extracción de la piedra de la locura (Sudamericana, Buenos Aires, 1968)
En Poesía completa (Lumen, Barcelona, 2000)
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INFANCIA

Hora en que la yerba crece
en la memoria del caballo.
El viento pronuncia discursos ingenuos
en honor de las lilas,
y alguien entra en la muerte
con los ojos abiertos
como Alicia en el país de lo ya visto.


Alejandra Pizanik (Buenos Aires, 1936)
De Los trabajos y las noches (Sudamericana, Buenos Aires, 1965)
En Poesía completa (Lumen, Barcelona, 2000)


la pequeña viajera
moría explicando su muerte

sabios animales nostálgicos
visitaban su cuerpo caliente

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Alejandra Pizanik (Buenos Aires, 1936)
De El árbol de Diana (Sur, Buenos Aires, 1962)
En Poesía completa (Lumen, Barcelona, 2000)


19 comentarios:

Lola Torres Bañuls dijo...

Me a impresionado mucho la foto de la niña.
El artículo muy bueno.

Gracias Laura un abrazo.

Paloma Corrales dijo...

Visitarte siempre es aprender y si además nos acercas un poco de Pizarnik, me rindo.

Un beso.

Eli dijo...

Manos capaces de poseer el mapa sin reclamarlo, el cuenco sabe que se ama más al cuerpo grávido.

Y toda tormenta es asunto de a dos.

Besos Laura querida.

Portinari dijo...

El deseo de infinitud la impulsó a dar el gran salto. El cuerpo simplemente no podía ser poema si no era más allá de esa muerte física. Alejandra se descuartizaba en cada verso, presupongo que se cree así la conciencia del poeta: saber que se muere a través de la tinta y seguir muriéndose, porque es un camino solo e inevitable.

Somos una herida, una carencia. Somos la ausencia, la ausente que ella se decía, la silenciosa en el desierto, al enamorada del viento: un pequeño brindis por todas las cosas inasibles.

Quizás, lo que más me conecta con Pizarnik, nuestro hilo de miserable unión, sea que ella "era" el yo-poético que tanto decía Pessoa, hacía del poeta un fingidor, o así lo interpreté yo.
Alejandra no distinguía entre yo-cuerpo y yo-poético. Ella era el cuerpo y el poema estaba dentro del cuerpo. Para conseguir eso, ya que el lenguaje es abstracto y el cuerpo es tan concreto que duele, el ansia de infinitud y el explotar la piel en cada verso, quizás fue lo que la columpió a ser la pequeña muerta, la pequeña viajera. Ya desde ese comienzo a la vida, una vez puso el pie en el camino, tan solo el cuerpo y la poca concrección de aquel paisaje que la conformaba, tomó los elementos e intentó aunarlos en ella misma.
Cuánto debía doler intentar unir, crear un hilo miserable, dentro de ella misma.

Magnífico artículo Laura.

Leonardo dijo...

Luminoso texto. El nudo entre poesía y cuerpo-yo-vida-muerte en Alejandra Pizarnik me parece ser un nudo gordiano. No se sabe quién de los dos va hacia el otro, dónde nace y donde termina. De ahí la fuerza única de su obra. Lo que AP escribió sólo se podía escribir desde ese 'nudo' y, tristemente, sólo podía conducir a la única salida posible (el deseo de infinitud del que habla Portinari, que se confunde con la finitud misma).
Pero la lección es indudable. Sólo la poesía que se acerca al 'lugar' donde ocurren las cosas, al 'cuerpo', a ese punto frágil donde el ser humano toca su humanidad, alcanza tan altas cimas.
Abrazo (y gracias por tu visita virtual en días pasados)
Leonardo

juana dijo...

y alguien entra a la muerte con los ojos abiertos...claridad total,certeza total la de Alejandra, uno encuentra lo que busca con tanto anelo, muy bueno.

Laura Giordani dijo...

Querida Lola:

Imagino que la foto que te ha impresionado es la de la niña de espaldas con esa capa de hojas muertas de Boubat,... El artículo de Javier es muy interesante; me alegra que te haya gustado.

Abrazos,

Laura.

Laura Giordani dijo...

Hola Paloma:

Todos aprendemos con estos intercambios, esa horizontalidad es lo interesante. Muchas gracias por pasarte por aquí.

Un cálido abrazo,

Laura.

Laura Giordani dijo...

Besos para vos, Eli. Siempre tus comentarios relámpagos, fogonazos poéticos. Muchas gracias por estar ahí.

Laura.

Laura Giordani dijo...

Querida Portinari:

Lo magnífico realmente es tu comentario. Lo valoro muchísimo y me ha quedado rondando eso que llamas "miserable hilo de unión"... Te he comentado alguna vez que percibía un lazo que te unía a Alejandra y estoy segura que va más allá de una búsqueda de que no haya distinción entre el cuerpo y el poema. Ella está repartida, multiplicada como en esos laberintos de espejos, con su sangre salpicando cada palabra y por eso hay fuerza y, sobre todo, le creemos. Me ocurre con algunos poemas de no encontrar allí a quien los escribió: hay una distancia, un fingimiento, una impostura que se percibe de manera sutil, en lo no dicho. Y los temas que le obsesionaron, esas palabras- emblema reiteradas como en un mantra, van corporizando mucho más que un producto literario. Ella misma lo explica cuando cuenta que trabaja sus poemas de manera casi pictorica, tratando de convocar una magia propiciatoria que imante las palabras necesarias. Eso le confiere esa savia especial, podemos hasta auscultar su pulso allí. Me viene la imagen de esos talismanes creados con pelo, piel, huesos que se supone llevan la energía de la persona a la que pertenecen o las energías que buscan convocar.

Creo que Alejandra murió como escribió, involucrando su cuerpo en el viaje final, ese viaje al que tantas veces se refirió: "Arremete, viajera", también habló de que la viajera llevaba una maleta hecha de piel de pájaro...

Te dejo un abrazo grande, Portinari. Gracias por todo lo que nos dejas aquí, también porciones tuyas.

Laura.

Laura Giordani dijo...

"Sólo la poesía que se acerca al 'lugar' donde ocurren las cosas, al 'cuerpo', a ese punto frágil donde el ser humano toca su humanidad, alcanza tan altas cimas"

Ese punto frágil donde la vida va inscribiendo sus marcas, ese es el lugar de enunciación más vulnerado, Leonardo, el más próximo y desconocido a la vez.

Muchas gracias por ese nudo que ayudas a destensar un poco, es lo hermoso de compartir lecturas y trayectos.

Te dejo un fuerte abrazo,

Laura.

Laura Giordani dijo...

Vivir y morir también con los ojos abiertos... sí, Juana.

Bienvenida a este espacio.

Un cálido saludo,

Laura.

Laura Giordani dijo...

La última inocencia

Partir
en cuerpo y alma
partir.

Partir
deshacerse de las miradas
piedras opresoras
que duermen en la garganta.

He de partir
no más inercia bajo el sol
no más sangre anonadada
no más fila para morir.

He de partir

Pero arremete ¡viajera!


A. Pizarnik.

La abuela frescotona dijo...

ME ABRUMA LA PRESENCIA DE LA MUERTE EN TODA LA OBRA DE PIZARNIK, ME PREGUNTO COMO UN SER PUEDE SUFRIR TAN PROFUNDO SUS CARENCIAS, Y A LA VES ESCRIBIRLOS TAN BELLAMENTE EXPRESADOS.
BELLAS FOTOS.
DEJO UN SALUDO CORDIAL.

Laura Giordani dijo...

Qué gracioso tu nick, imagino que no te importará que te llame "abuela" ( hace tanto que no utilizo esa palabra dirigida a nadie). Sí: la presencia de la muerte en los poemas de Pizarnik es abrumadora pero como bien decís, ella sabe contruirse tablas y maletas para entrar a la muerte con los ojos abiertos.

Un saludo afectuoso y gracias por tu visita.

Laura.

mariarosa dijo...

Muy buen trabajo. Alejandra es una poema fina, dolorida, sus poemas siguen siendo un recurso para sacar en su lectura nuestros propios dolores.

mariarosa

Arturo Borra dijo...

Que Alejandra encuentre alojo aquí no es extraño. La extrañeza la funda ella y otros le seguimos la pista. Esta vez, a través del profundo trabajo de Javier Gil, su señalamiento certero de esas palabras mágicas pronunciadas por la poeta o convertidas en magia a través del pronunciamiento. «Cuerpo» y «muerte» hunden su ser en la noche; son parte de la noche en la que vivimos. Noche del tiempo, noche de lo que transforma y nos deglute. Un “infierno musical”, donde la certeza de finitud no impide el deseo de salirse fuera de sí, vivir en éx-tasis. Aunque eso haya llevado por un derrotero con un desenlace triste, no sé si producto de una admiración o una desesperación. Si hay modelos de vida, después de todo, puede que también haya modelos de muerte. Así, un suicidio poético -“poecidio” diría un amigo mío- como acto radical, que cuestiona la separación instituida entre arte y vida. Puede que no sea la salida para nosotros. Pero esa poeta-niña que gritaba quizás no encontraba otra forma de salir de ese infierno musical del cuerpo destinado a la muerte, esa pequeña viajera que quiere salirse del daño y la carencia. Aunque nunca pueda mirar la cara de lo que está del otro lado: en lo incongnoscible. Es cierto que siempre cabe distinguir lo biográfico y lo poético, pero también es cierto que cuando lo que está en juego es la escritura de la propia vida, la escritura del sí, esos términos se conjugan inexorablemente. Y ahí, otra vez, aparece una poesía que justamente porque es demasiado íntima, no necesita volcarse a un confesionalismo tan obvio como carente de interés.
Gracias Laura por esta hermosa entrada a tres dimensiones.
Un beso,
Arturo

Laura Giordani dijo...

Sí María Rosa: también sus letras sirven para exhumar nuestros propios dolores, poder verbalizarlos y en ese sentido es una herida que cura.

Te dejo un abrazo y gracias por tu detenimiento.

Laura.

Laura Giordani dijo...

"Pero esa poeta-niña que gritaba quizás no encontraba otra forma de salir de ese infierno musical del cuerpo destinado a la muerte, esa pequeña viajera que quiere salirse del daño y la carencia. Aunque nunca pueda mirar la cara de lo que está del otro lado: en lo incongnoscible"...

Tu comentario es todo un tesoro, querido Arturo. De corazón: gracias por dejarte la piel aquí también.

Besos,

Laura.