sábado, 9 de enero de 2016

Fragmentos de CINCO de Teresa Garbí con fotografías de Emilio Ruiz


          


Pero la tierra conoce algo más: polvo, hojas,
cristales y un sin fin de miradas errantes que
nunca han podido fijarse en nada y que, tal
vez, nacieron tras una ventana herida por
miles de reflejos.

Algo removía el agua y se formaban círculos
en su brillo plateado. Todo, al caer, dejaba su
corteza en el fondo. Hubo cuerpos sumergidos
en su corriente. Algunos le transmitieron su
palpitación y su ritmo interior.

El aire se estiraba, se resistía a sumergirse,
pero la presión de la humedad y de las hojas
caídas, su propio peso, le obligaron.

Era el fuego quien le empujaba con un
bloque de vapor.
Y la tierra depositaba su palpitación en el 

curso del agua. Dirigía las emociones de 
todos los seres, retenía el calor del fuego en 
la superficie.

Dijo el agua: yo soy el flujo eterno, la
negación del tiempo.


Pero soy yo, el aire, quien retiene las
imágenes. A veces algo destella y no se borra
jamás. Por eso vine atravesando un túnel de
hojas que se agitaban a mi paso.

Y yo, el fuego, hacía destellar el camino.

Te detuviste en mí, la tierra. Hubo un silencio.
Me habías quemado enrojeciéndome con una
llama. Cayó la oscuridad. Habíamos salido
fuera de nosotros y éramos otro cuerpo, un
solo cuerpo.

Tuvimos, desde entonces, una sola voz, la
suya.

Voz llamada silencio. Un silencio material,
dibujo supremo, síntesis de todas las fuerzas;
una evidencia que respira nuestra emanación:
Tú que eres todo desorden, todo mezcla, todo
infinito, espíritu en el que el tiempo revierte
en eternidad.







III


El cielo de Sigüenza no es enteramente azul. 
Se respira un aire cansado, un aire de incienso 
y de ceniza. No es posible apreciar su color 
con la nitidez de otros celajes porque un velo 
cubre la ciudad y todo está ensombrecido por 
el peso y la palpitación de un rumor interno. 
El viajero sabe que, al respirar, comulga 
formas transparentes, el dibujo de ese rumor.

Sigüenza es seca, sedienta, pero, en cada 
rincón, se desangra en fuentes que parecen 
adormecerse besando el desierto en el que 
nacieron. No hay agua más destilada ni 
más pura que la que aflora en el secano, a 
borbotones, como un lujo supremo, pero, a la 
vez, esperado. Al igual que en el rigor de la 
muerte sorprendemos siempre el claro curso 
de la vida.

[..]






Dicen que en Sigüenza se nota la vigilia del 
Doncel. Que no hay nadie vivo, que nadie 
duerme. Que el sol hiere a los viajeros que se 
arriesgan a conocer sus empinadas calles. Que 
todo está apresado por ese velo que repite en 
cada retícula una mirada del Doncel. Dicen 
que, con el aire, se absorbe su cuerpo y se 
conoce el misterio de todas las cosas y ya no 
es posible escapar.

El campo duerme. A considerable altura 
revolotea una bandada de vencejos. Todas las 
calles parecen traspasadas por su vuelo y sus 
cantos.





El caminante intuye esa verdad oculta en la 
vegetación. Para alcanzarla quisiera olvidar 
el brillo áspero de las encinas y de los robles, 
el sonido sordo de las espigas, la sombra 
estrecha que las hojas tejen sobre su camino, 
el susurro de la vida. Porque él sólo desea el río 
subterráneo, el significado de tanta apariencia. 
Querría enfrentarse con ese aire destilado en 
el que la nada y la luz convergen.

La búsqueda termina frente a un montón de 
casas sobre las que surge, en lo alto, el castillo, 
y, más baja, flotante, irradiando una dorada 
luminosidad, la Catedral.

El viajero vuelve definitivamente a Sigüenza. 
La vida es eso: dejarse mecer por los cánticos 
sagrados, caminar por las calles errante, 
tejiendo con sus pasos un laberinto, una 
crisálida que sea respuesta al velo que lo 
envuelve todo. Y, por fin, dejarse morir 
hasta que la piedra nos convierta en piedra e 
interpretemos su trama y su razón.





Tú sabes que, entonces, podrías desaparecer.
Despertaríamos en un campo liso, inacabable, 
y la nostalgia se apoderaría otra vez de nuestras 
vidas. Porque ya ni siquiera te recordaremos 
en ese aire tibio que no rebasa el límite de la 
piel y en donde nada existe.

Pero aún estás en la capilla. Te mueves con 
paso solemne y natural como un árbol se 
movería en cualquier campo. Con su misma 
dejadez ocupas tu lugar de siempre. Tiene 
tu cuerpo la curvatura precisa que no puede 
ser rozada por el aire porque no lo hiere. Has 
interpretado su proporción y su ritmo y, por 
eso, no te expones inerme con el rostro vuelto 
hacia el cielo.

Dices: -Estoy aquí para morir.

Sabes que morir es ese deslumbramiento 
breve que te hace ver sin espacios y sin 
tiempos. No hay palabras en los árboles ni en 
el viento. Porque nada existe. Esa verdad tan 
sólo. Y suena como si ya hubiéramos muerto 
todos y todo fuese un recuerdo.




Fragmentos de CINCO (Sobre el Doncel de Sigüenza) de Teresa Garbí y fotografías de Emilio Ruiz. Uno y Cero Ediciones. Para acceder a la obra completa:

http://unoyceroediciones.com/libros/cinco-sobre-el-doncel-de-siguenza/
http://unoyceroediciones.com/





Teresa Garbí nace en Zaragoza. Estudia Filología Románica en esa ciudad. Cursa estudios de Bellas de Artes. En 2013 funda Uno y Cero Ediciones junto a otros autores.

Entre sus obras de creación destacan: Grisalla, 1981; Espacios, 1983; Alas, 1987; Cinco, 1988; La sombra y el pozo, 1993; El pájaro solitario anida tras el muro, 1997; El bosque de serbal, 2001; Desde el silencio, nadie, 2007; Leonardo da Vinci: obstinado rigor, 2009; Sakkara, 2015.
Ha publicado un ensayo: Mujer y literatura, 1997 y varios libros para aprendizaje de español y lectura de enseñanza media (Una pequeña historia, 2000; La gata Leocadia y La gata Leocadia en la granja, 2002; El regreso, 2005) y dos ediciones de obras clásicas: El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, 2004, y Romancero gitano, de García Lorca, 2011.





Emilio Ruiz Zavala nace en Santander. Estudia Bellas Artes en Valencia. Sus comienzos profesionales fueron de fotógrafo de teatro y danza en esa ciudad. Posteriormente trabaja de realizador de audiovisuales para escenografías, exposiciones, actos institucionales y ferias internacionales, así como fotógrafo de reportaje.

Ha ilustrado dos libros de Teresa Garbí: Alas,1987 y Cinco, 1988. Ha trabajado desarrollando labores gráficas y de documentalista en la productora audiovisual Grupo Ganga, 2001-2003. Con la dibujante Ana Miralles, ha trabajado de guionista en siete álbumes que han sido publicadas en varias ediciones: El Brillo de una mirada, 1990, En Busca del Unicornio 1997-1999 (adaptación de la novela de Juan Eslava Galán), De mano en Mano,2009, Muraqqa’, 2011, Wáluk, 2011.



lunes, 7 de diciembre de 2015

Cantar mientras el mundo se derrumba: las obras supervivientes [Intro] Shangri-la Textos Aparte

Cantar mientras el mundo se derrumba: las obras supervivientes




La degradación del arte empieza cuando se le pone mayúscula a la palabra arte y cuando, acto seguido, el autor o su firma empiezan a valer más que el resultado de su hacer. La degradación del arte se inicia con el enaltecimiento del artista, y termina con la mercantilización de la obra. Lo mismo pasa en las artes plásticas que en las literarias.

Chantal Maillard


Frente a la creación que se aleja de la vida hasta devenir objeto estéril o mercancía, la obra concebida en condiciones casi imposibles, desde la radical necesidad. Con los materiales más íntimos, así como el animal urde con la seda de sus entrañas el hilo para avanzar, su trayectoria singular en el aire. Creación como gesto íntimo de resistencia: de espaldas a la posteridad, sin más pretensión que la de seguir respirando.

Trazas surtidas del hambre, entrañadas y necesarias –con esa fulguración única de la estrella que perece ante nuestros ojos. Reunirlas a modo de kit de emergencia en tiempos de tribulación. Verlas llegar en la fiebre blanca, nunca tardíamente, para que hablen desde lo más blando a los moribundos y a los resistentes. Para no morir de frío.


Obras supervivientes, obras vivas: una diminuta talla de madera de caldén, postales con matasellos de Mauthausen-Gusen y las veinticinco palabras permitidas, unos versos en catalán escritos en papel de saco de cemento, el dibujo de una mariposa amarilleando en una pequeña maleta de cuero. Fragmentos para resucitar lo intrínsecamente moribundo de la traza definitiva, eso ya en descomposición presente en todo gesto que aspira a la permanencia. Obras que aceptaron su fragilidad y en esa aceptación, se hicieron –paradójicamente- sólidas y resistentes; no por imantación del mármol, sino por concebirse linterna, trineo de auxilio, manta para postergar el algor mortis de los cuerpos. En lugar de hierros para apuntalar el andamiaje de alguna abstracción, hilos flexibles para tejer abrigos con los que arropar los cuerpos a la intemperie, el presente herido. (..)

Laura Giordani
Noviembre 2015



"Cantar mientras el mundo se derrumba. Las obras supervivientes", Laura Giordani en 'La supervivencia. Herramientas mínimas'.

Web: http://shangrilaediciones.com/…/shangrila-revista-25-133.php

Blog: http://textosred.blogspot.com.es/…/xi-la-supervivencia-herr…

Imagenes:, El poeta catalán Joaquin Amat-Piniella a su salida de Mauthausen, Prisioneros tehuelches en la Conquista del Desierto (Machi Oftullán), Dibujo infantil en Terezin (Doris Weiserová).






miércoles, 25 de noviembre de 2015

Bajo este puñado de tierra que calla la lengua: poemas de Joan de la Vega.






Hitos como excrementos que bifurcan el camino.
Mojón dislocado por la mano sin hombre.

Un árbol caído desnuda, exhibe sus anillos al sol mutando
la sombra. La luz, en sus tardes, descompone restos de
vértebras roídos por los sedimentos y la hiedra que aflora
entre los canchales. Huesos y neveros insepultos, sin oído
y sin nombre, a pleno sol, como instrumentos de descom-
posición.

Aún creo en la simiente de la plenitud, solaz y desmemoriada.
Aún creo en la distracción del escarabajo y el hormiguero.

Insectos como acertijos que murmuran hambre.




PORT D´INCLES, 2.263m


Este ladrido
(¡oh, este ladrido
que reclama
nuestra atención!)
es más joven
que yo.
Mucho más
sincero
y transparente
que yo.
Su acorde,
su timbre
femenino
es más joven
que yo.
No subiré
solo
a la cima
en esta mañana
fría.
Me abrigará
el calor
de su lamento,
me llevaré
su raza a cuestas.
Conmigo
(vivo ya
para siempre)
su quejido
maternal.

La montaña efímera (Paralelo Sur, Barcelona, 2011)







Todo sucede ante mí
es una historia común

la luz copula 
en su flor de silencio
en la estatura de los bosques
con la sed del camino

los nombres ignoran
su identidad

todo sucede 
menos yo




Me está enamorando
esta montaña
clavada
que yace aquí
en apariencia inerme
hábilmente esculpida
sin otras manos

para ser contemplada
por esos otros ojos
invernales
tras la muerte

Una luz que viene de fuera (Paralelo Sur, Barcelona 2012)








(105)

Cumbres airadas.
Bajo sus precipicios
un hombre libre.


(198)

Tiento al destino.
Íntimas azucenas,
no os detengáis.


(255)

En la ribera
un álamo temblón
sueña sus nubes.

(321)

Romero, digo.
Y es octubre y mi madre
de entre los muertos.


(323) 

La mano hermana
guiando la mano enferma.
Niña sin madre.


365 haikus y un jisey (Rúbrica Editorial, 2012)








PARA LA CENIZA


has esperado largo
nada mana de abajo

convocas a quien
hubo detrás
y detrás 
nadie habla

dicen que viniste por amor
amor sin condiciones 

la máxima de este cuerpo 
.    .             .   .          .       .errático
es arder

romper en aguas
en esta hora 
prenatal

para la ceniza




MINORÍA

Bajo tierra un hombre talado se interroga. Cualquier 
fonema en descomposición le recuerda al árbol de dónde 
cayó. Si despegas el labio de la cripta encontrarás el amor 
más verdadero el ojo del hueso libando moho. [No espera 
nada del ángel que le embistió.] De ahora en adelante
 reza la plegaria profunda del estiércol. La zozobra es un 
don de absolutos en minoría.




PIRENE

Y tú Pirene templo o tributo que nos fosiliza en picado. 
Muerte adobada con gran esmero de amor. Alud de los 
silencios rotos. Verbo que subyace junto a los pájaros del 
frío.



Y tú, Pirene (Editorial Denes, 2013)







¿Qué dioses reverdecen sobre tanta hoja seca?
LAURA GIORDANI



Para ahuyentar el sello de la muerte hemos convocado nuestros
cuerpos desnudos —nudos del poema— bajo este puñado de tierra
que calla la lengua. Hemos cruzado juntos el desierto de la
alteridad, auscultando la ofrenda y la copla de sus alcantarillados.
Hemos copulado con el vacío de todos los nombres. Hasta la
ceguera, hasta desobedecer los signos de la extenuación. Ningún
dios vino a posarse al filo de tanta belleza, afuera, bajo las ramas de
la embriaguez. Vivir, maldecir, caminar sobre las brasas del árbol
fue la ofensa, nuestro agravio mayor. ¿Qué voces reverdecen en el
vuelo de esta alta oscuridad que ha borrado ya todos los bosques?
Nuestro el reino vegetal de la nada, los afluentes siniestros de la luz,
los cantos rodados de la extinción. Nuestra la danza de las
estaciones, el esqueleto de las flores, los señuelos de la noche. Y
también nuestra, la barbarie: el silbo del pájaro cenital derribado en
nuestro corazón.

[vegetus]






Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramanet, 1975) dirige la editorial La Garúa Libros desde 2004. Es autor de Intihuatana (Seuba Ediciones, 2002), Ladino (Trea, 2006) que reúne sus tres primeros libros Intihuatana (Sin lugar a luz), Ixtab (La soga en el ojo) e Ipalnemoani (Por quien vivo); Trilces Trópicos. Poesía emergente en Nicaragua y El Salvador (La Garúa, 2006), La montaña efímera (Paralelo Sur, 2011), Una luz que viene de fuera (Paralelo Sur, 2012), 365 haikus y un jisey (Rúbrica Editorial, 2012)  e Y tú, Pirene (Denes, X Premio César Simón). Algunos de sus poemas han sido incluidos en Campo abierto. Antología del poema en prosa en España 1990-2005 (DVD Ediciones, 2005), Pájaros raíces, en torno a José Ángel Valente (Abada Editores, 2010) y en revistas como Alhucema, Turia, Piedra del Molino, Vulcane, Paralelo Sur, Nayagua, Barcelona review y Letra Internacional.




Fragmento de La montaña efímera (Paralelo Sur Ediciones, 2011), de Joan de la Vega, recitado por el autor.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Las señales que hacemos en los mapas y Skinny Cap: la corriente que hermana dos libros




Me emociona de una manera muy particular -esa que abre algo parecido a un nido en el pecho, acompañar la presentación de Las señales que hacemos en los mapas de Laura Casielles y Skinny Cap de Martha Asunción Alonso, ambos editados por Libros de la Herida que llevan adelante los poetas José María Gómez Valero y David Eloy Rodríguez. 

Ellos alumbran sus libros con la misma lucidez con la que viven y respiran, sustrayéndolos de su cosificación y de ese estatus de mercancía que el campo les tiene deparado, donde la experiencia de publicar significa no solo cuidar la forma, el cuerpo del libro, sino también cuidar los vínculos, cuidar al otro, alumbrar con amor. Y esa energía se percibe en la misma materialidad del papel, es tangible.

No es casualidad que ambos libros se presenten juntos, se podría decir que están hermanados por una corriente que los conecta de manera subterránea, como esas raíces que conversan bajo tierra. 




Hablan de un viaje en dos direcciones aparentemente opuestas: en "Las señales que hacemos en los mapas" hay un movimiento que conduce hacia afuera, al encuentro de la otra orilla sin la cual los puentes no pueden revelar toda su hermosura -como dice Laura en un poema, al encuentro de los habitantes de ese otro lado devenidos semejantes en el solo acto de mirarles a los ojos. El otro movimiento, en "Skinny Cap" es de regreso: viaje adentro, a la infancia, al propio cuerpo. A los soportales donde se aprende a escribir. Y sea cual sea la dirección del viaje, hay extrañeza, aunque sea de regreso a casa: no se vuelve al mismo lugar y ya no somos aquellos que partieron. O como dice Albert Sánchez Piñol en una cita del libro de Laura, “El paisaje que un hombre ve, ojos afuera, acostumbra a ser el reflejo de lo que esconde, ojos adentro”.

La poesía es extranjería del lenguaje: las palabras, parecen ser pronunciadas por primera vez en el poema, descolocadas de la sintaxis convenida, extrañándolas del saqueo continuo a que son sometidas. También es lenguaje en resistencia, si creemos con Octavio Paz que el poema es el lenguaje erguido, rescatado del vaciamiento y el abuso sistemático. O de su confinamiento a un valor meramente instrumental, como mercancía. Y lo poético comienza precisamente, allí donde el lenguaje rebasa su función instrumental. El poeta es extranjero en su propia lengua y querrá traspasar las aduanas del sentido convenido, pero no hay más camino que naufragar, jugarse la vida para llegar a la orilla.




Marrakech, Fez, Casablanca, Rabat, Tanger, Asilah… no son destinos en el catálogo de una agencia de viajes, sino ciudades que dan nombre a poemas de "Las señales que hacemos en los mapas" que, de hecho, se contrapone al modo turista como metáfora de la manera en que chapoteamos por la superficie, los estereotipos a los que reducimos al otro. Laura traza la cartografía de quien ha hollado y respirado los lugares, quebrando el simulacro de la postal, trazar en un cuaderno de viaje la cartografía de un mundo que no quiere extinguirse. Asilah, Tánger, Rabat… cenizas de un fuego mal apagado. Ciudades sitiadas, inclinadas sobre sus dédalos llamados barrios viejos, con sus heridas, sus historias de daño y resistencia. Con sus casas y rostros que no pueden ser vistos desde un tren de alta velocidad o que no pueden vernos a nosotros tras las ventanas entintadas de un autobús.

La hospitalidad sobrevuela todo el poemario, la intemperie del viajero encuentra alivio en la tibieza que lo acoge, le cede su cama y recupera la palabra bienvenido en todos los idiomas necesarios. Hospitalidad que no espera nada a cambio.

Me di cuenta, después, de que, en su vulnerabilidad, el extranjero sólo podía contar con la hospitalidad que le brindase el prójimo. Igual que las palabras se benefician de la hospitalidad de la página en blanco y el pájaro, de la hospitalidad, incondicional, del cielo.

 [Edmond Jabés, El libro de la hospitalidad]




En "Skinny Cap", el pasado se incorpora en el presente del poema, recupera la memoria del barrio de la infancia, el barrio que resiste, los poemas alojan como muros en blanco el pulso de aquellos grafiteros del Madrid de los años ochenta, del extrarradio, donde Martha pasó su infancia y adolescencia. (Muelle, Bleck, La Rata…).El grafiti es una forma de resistencia, de irrupción de vida en el muro desdiciendo su mortal grisura. Da igual si esos grafitis se hacen en Pompeya en el año 79 de nuestra era, las paredes de un barracón de Ravensbrück en las que un niño dibuja una mariposa con un pedacito de carbón o en un muro de Leganés. El grafiti, como el poema más urgente, grito, escritura que se escapa del confinamiento del papel, que resiste a la sintaxis de la muerte interrumpiendo la respiración agónica del trazado cotidiano. 


NATIONAL SCOTTISH GALLERY

¿Conoces algún pájaro
que cambiara los bosque por la palabra bosque?

(..)

¿Conoces algún pájaro que no quiera cambiar
su jaula
por la palabra jaula? Porque vivir
no cabe en un museo,

Rodin pensó, sin duda, en paredes y un rotring frente al mármol.




"Skinny cap" significa boquilla fina, esa que se le pone al spray cuando el grafitero desea trazar las líneas más finas y opera en el libro como una poderosa metáfora; con esa precisión y delicadeza escribe Martha sobre el barrio de la infancia, en la valla del colegio, en la pared donde se vuelve a ser pobre… Y también skinny es lo famélico, madres que no dan merienda, anorexia emocional como dice el poema que se llama así:


Porque conservo tus
palabras
como si fueran minerales.

Skinny por la anorexia emocional
Ver siempre el mes de mayo en ojo ajeno.

Memoria, homenaje: la dignidad de los que aun resisten el mandato de morir en vida.

Y el lugar del amor
son los buzones, las vallas de las obras,
las tapias de esas casas
donde anida la quiebra como un gesto
de vida.


Laura Giordani
Valencia, Febrero de 2015




Laura Casielles (Pola de Siero, Asturias, 1986) es una escritora española dedicada principalmente a la poesía.

Casielles es licenciada en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, máster en estudios árabes e islámicos contemporáneos por la Universidad Autónoma de Madrid y Licenciada en Filosofía por la UNED. Vive en Madrid, tras residir en años anteriores en París y Rabat. Forma parte de la coordinación general de un portal de análisis e información de la vida árabe. Realiza traducciones del francés.

En 2008 publicó su primer libro, Soldado que huye (Hesperya). En 2010 obtuvo el XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal con su segundo poemario, Los idiomas comunes. Esta obra fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández 2011, concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. En 2014 publicó su tercer poemario, Las señales que hacemos en los mapas (Libros de la Herida).

Ha publicado poemas, artículos, entrevistas y traducciones en revistas y periódicos como Hesperya, Ellas dicen de MLRS, Nayagua (publicación del Centro de Poesía José Hierro), Cuadernos Hispanoamericanos, Mordisco, Clarín, Ábaco, El Comercio, Atlántica XXIII y La Marea. Una selección de su obra ha sido traducida al italiano.



Martha Asunción Alonso (Madrid, 1986) es una poeta española con residencia en Francia. Es licenciada en Filología Francesa por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Estudios Avanzados en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza. Compagina la creación literaria con la docencia en Francia

Su obra poética ha sido reconocida en diversos certámenes, como el premio La Voz + Joven de la Obra Social de Caja Madrid (2009) y el Premio de Poesía Antonio Machado de la Fundación de Ferrocarriles Españoles (accésit en 2009).

La autora ha publicado los poemarios Cronología verde de un otoño (2009, Premio Blas de Otero de la UCM, Ediciones UCM), Crisálida (2010, Premio Nuevos Creadores de la Academia de Buenas Letras de Granada, Editorial Alhulia), Detener la primavera (2011, Premio Antonio Carvajal, Ediciones Hiperión), La soledad criolla (2013, Ediciones Rialp, premio Adonáis1 ), Skinny Cap (2014, Libros de la Herida) y Wendy (2015, Pre-Textos, VII Premio de Poesía Joven de RNE).

En 2012, su poemario Detener la primavera recibió una nueva distinción: el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández,2 otorgado por el Ministerio de Cultura.

Algunos de sus poemas han aparecido en revistas literarias como Quimera, Piedra del Molino, Ellas dicen de MLRS, Nayagua (publicación del Centro de Poesía José Hierro), Ex Libris, La Madeja, Estación de poesía, Litoral, Paraíso, Eñe, Blusa o Mordisco. Ha participado en numerosos festivales y encuentros literarios. Una selección de su obra ha sido traducida al griego.



jueves, 6 de agosto de 2015

Toma de tierra de Ester Folgueral. [Algunas anotaciones para perderse y tres poemas]





Uno de los móviles de la poesía arraiga en lo amoroso,
pero otro tiene su raíz en la violencia, en alguna clase de
rabia o intemperancia. [...] El poema, como el paisaje,
es lugar donde se nos permite hablar con los muertos;
también donde se nos permite sentir el dolor.

Olvido García Valdés




Algunas anotaciones para perderse 

Estas trazas no pretenden constituirse en prólogo; a lo sumo, son el intento de esbozar algunas sendas para adentrarse en la espesura poética que desde los primeros versos se despliega ante nuestros pies e invita a perdernos. Sendas que se desdibujan y se rehacen a cada vuelta de página, un puñado de anotaciones dejadas caer como miguitas luminosas para invitar al recorrido, si estas no acaban antes en el buche de esos pájaros ciegos y heridos que sobrevuelan los poemas. 

¿Qué palabra con sombra 
para nombrar la casa? 
¿Qué palabra salpica a los pájaros 
que vuelan como heridos? 


El libro está atravesado por apariciones y espectros. Vivos y muertos se reencuentran en las páginas y la linealidad del tiempo se hace añicos: ingresamos a una especie de tiempo primigenio en el que al nombrar muertos, nacen orugas musicales. Tiempo circular en el que subsisten esas sobras de amor que nadie recoge y en el que algo muere en algún lugar para sostener lo que vive. Como señala María Zambrano en la cita que acompaña unos versos: «Ligeramente se curva la luz arrastrando consigo el tiempo», también aquí la palabra se curva operando en el pasado, dibujando agujeros de muerte en el sueño de los vivos. 


No entiendan los muertos que están muertos, 
y llamen a nuestra puerta 
como seres visibles que aún huelen las rosas. 


En estos tiempos de pugna por lograr visibilidad y reconocimiento, el ego del artista termina eclipsando y haciendo famélica la obra. Ester Folgueral sabe escuchar, aprendió a esperar la palabra necesaria, camina descalza (así anda su escritura) para entrar a esa habitación blanca y vacía en la que se escribe sin que nadie nos vea. Escritura coherente con una actitud vital cuya nota clave es el despojamiento, el deshacerse de todo lo sobrante, lo inútil, lo altisonante.

Su poemario consta de tres estancias porosas, comunicadas por la imagen de la toma de tierra. 

En la primera de ellas, El vulnerable animal, hay un descenso a las raíces, al árbol de la infancia, a un mundo en el que la casa abierta es atravesada por fantasmas y se camina a la sombra de los muertos. El tiempo vuelve sobre sus pasos y las palabras no alcanzan para nombrar, con los ojos desmesurados del niño que asoma al mundo sin defensas, ante una herida completamente abierta. Solo el niño ve al muerto en el espejo y la infancia dura hasta que comprendemos que no hay dulzura que encuentre duración en la lengua de los vivos. Mirar nuestra propia vulnerabilidad a los ojos y no olvidar esas criaturas que, en la insignificancia que les asigna la impostura adulta, aún sueñan lo que importa, aún cantan lo que importa. 

En El río lava el tiempo, hay un recorrido por la herida, por paisajes de lo que ha sido expoliado y, aun así, el atrevimiento de abrir la casa donde todos han muerto para alojar a los que quedan. La corriente de este río lleva las pérdidas, amantes que partieron o no tuvieron el valor de amar. Las despedidas. La memoria reconstruida y el reconocimiento de todas las muertes que sostienen lo que hoy vive. Y su agua es capaz también de lavar las heridas. Circulares como el río, reverdecemos sobre tanta hoja seca, vivimos de lo sumergido. Sanar en el interior del tiempo. Alimentar a los muertos que nos sostienen. 

La última estancia se titula Resistencia. Apurando el concepto de toma de tierra, resistencia es toda oposición que la corriente encuentra a su paso, cerrando, atenuando o frenando el libre flujo de los electrones (de las palabras). Cuando la resistencia es elevada, comienzan a chocar unas con otras y a liberar energía en forma de calor. Ahí, en ese punto de fricción y liberación, comienza precisamente lo poético. La palabra revelando todo su potencial, sacudiéndose la inercia de los circuitos normalizados. Esta es la paradoja de la palabra poética: lo que hace que la herida, como nos recuerda Anne Carson, irradie su propia luz. 

Resistencia: 
no tocar el muerto 
cuando el muerto tiene hambre, 
y llorar como un bebé 
bajo el árbol. 


En Resistencia la curación es posible. Hay un movimiento hacia la restauración que hace posible decir lo que importa, aunque sea con fragmentos, con restos de lo vivido: Hacer dulce lo amargo. Encender las rosas. 


Laura Giordani. 
Mayo 2015
Prólogo de Toma de Tierra 
(Editorial Gravitaciones, 2015)



Ester Folgueral en el hayedo de Busmayor, El Biezo



Salir a gatas por las raíces, nuevo y sin nombre […]
Intentar hablar y casi conseguir
sanar en el interior
del tiempo y otras personas.
Ted Hughes


III

No entiendan los muertos que están muertos,
y llamen a nuestra puerta como seres visibles
que aún huelen las rosas.

Pero su sangre, arena.
Pero su pelo,
pelucas en el escaparate de la ciudad castigada.

¿Qué palabra con sombra
para nombrar la casa?
¿Qué palabra salpica a los pájaros
que vuelan como heridos?
¿Qué volumen de luz la palabra leche,
con el frío lamiendo sus pezones?

Nombras muertos y nacen orugas musicales.
La agenda del corazón siempre gana lo perdido.

No entiendan los muertos que están muertos,
y llamen a nuestra puerta
como seres visibles que aún huelen las rosas.


VI

La serpiente escribe en piedras
con su lengua amorosa.

Con su lengua amorosa
el viento dibuja agujeros de muerte en el sueño de los vivos,
miel que no se guarda en un vaso de juncos.

La serpiente escribe
que la miel no dura en la lengua de los vivos.


El hayedo de Busmayor, El Bierzo.



Aquí los vivos comen luz caliente
con cucharas de hueso.
Las tallaron los pájaros
en jardines abandonados.

Toma de tierra.
Todo hombre es un árbol:
sus extremidades ramificándose;
lo inútil
baja
a morir en las raíces.

Aquí los muertos comen la luz fría,
su ceniza alimenta nuestras hojas,
la fragilidad verde de la rama.


 


Ester Folgueral (El Bierzo, León) es poeta, periodista y profesora de escritura creativa. Licenciada en Periodismo en Madrid; trabajó y colaboró en medios como El País, Canarias 7 o el Diario de León. Actualmente imparte talleres de creación literaria en Ponferrada.

Ha publicado cuatro libros de poesía: Iucharba (1988),La espada azul (Premio Nuevas Escrituras Canarias, 1995), Memoria de la luz (Mención Especial Premio Manuela López, 2006) y Lo indestructible (2010), así como la plaquete La cuenta (2010) con grabados de Miguel Ángel Curiel y Juan Carlos Mestre.

Sus poemas han sido recogidos en antologías como Poesía para vencejos (Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, 2007), Sagrado Invierno (ed. Luis Carnicero, 2012) o Claraboya y sus amigos (Eolas, 2014).




miércoles, 24 de junio de 2015

Un nido donde los árboles rechazaban la muerte

J'ai revé d'un nid oü les arbres repoussaient la mort.
[Soñé con un nido donde los árboles rechazaban la muerte.]

M Adolphc Shedrow, Berceau sansprumesses


Recogí un nido en el esqueleto de la hiedra.
Un nido suave de musgo campestre y hierba de ensueño.

Yvan Goll, "Tombeau du pere",






Adivino la historia de una caída en su temblor de torre de
paja, esta urdimbre de astro reseco sin estela que atestigüe
tanta vocación de cielo. Hangar de todos los ascensos,
matriz del canto y las acrobacias en una choza de falanges
abiertas sin más techo que la intemperie, sin más columna
que el viento. Puño abierto del árbol, fruto de la altura
más alta, donde la levedad colgó sus partituras y donde
ahora mis manos ensayan torpes la autopsia de un vuelo.

[Nido derribado]
Laura Giordani, Noche sin Clausura.




Si pudiéramos encontrar de nuevo nuestro deslumbramiento candoroso cuando antaño descubríamos un nido. Este deslumbramiento no se desgasta, el descubrimiento de un nido nos lleva otra vez a nuestra infancia, a una infancia. A las infancias que deberíamos haber tenido.

Cuántas veces he conocido en mi jardín la decepción de descubrir un nido demasiado tarde. Ha llegado el otoño, el follaje se desnuda ya. En el ángulo formado por dos ramas, he aquí un nido abandonado.
Descubierto tardíamente en el bosque invernal, el nido vacío reta al buscador.
El nido es un escondite de la vida alada ¿Cómo ha podido ser invisible?
¿Invisible frente al cielo, lejos de los sólidos escondites de la tierra?


Pero los sueños de nuestro tiempo no van tan lejos y el nido abandonado ya no contiene la hierba de la invisibilidad. Recogido en el seto como una flor marchita, el nido no es más que una "cosa". Tengo derecho de cogerlo en la mano, de deshojarlo. Me vuelvo melancólicamente hombre de
los campos y de los matorrales, presumiendo un poco del saber que transmito a un niño diciendo: "es un nido de paro".
Así el viejo nido entra en una categoría de objetos. Cuanto más diversos sean los objetos más sencillo se hará el concepto. A fuerza de coleccionar nidos se deja a la imaginación en paz. Se pierde contacto con el nido vivo.
Sin embargo, es el nido vivo el que podría introducir una fenomenología del nido real, del nido encontrado en la naturaleza y que se convierte por un instante —la palabra no es demasiado grande— en el centro de un universo.




Levanto suavemente una rama, el pájaro está allí incubando los huevos. Es pájaro que no echa a volar. Se estremece solamente un poco.Tiemblo ante la idea de hacerlo temblar. Temo que el pájaro que incuba sepa que soy un hombre, el ser que ha perdido la confianza de los pájaros.


La casa-nido no es nunca joven. Podría decirse que es el lugar natural de la función de habitar. Se vuelve a ella, se sueña en volver a ella. Este signo del retorno señala infinitos ensueños, porque los retornos humanos se realizan sobre el gran ritmo de la vida humana, ritmo que franquea años, que lucha por el sueño contra todas las ausencias.

El nido - lo comprendemos- es precario y, sin embargo, pone en libertad dentro de nosotros un ensueño de la seguridad. ¿Cómo es posible que su fragilidad evidente no detenga semejante, ensueño? Revivimos, en una especie de ingenuidad, el instinto del pájaro. Nos complacemos en acentuar el mimetismo del nido todo verde entre el verde follaje. Lo hemos visto decididamente, pero decimos que estaba bien escondido. Ese centro de vida animal está disimulado en el inmenso volumen de la vida vegetal. El nido es un ramillete de hojas que canta. Participa de la paz vegetal. Es un punto en el ambiente de dicha de los grandes árboles.


Fragmentos del libro" La poética del espacio" de Gastón Bachelard, dedicados al nido como imagen y lugar de ensueño poético.




Silentium. Arvo Part



sábado, 6 de junio de 2015

Educación creadora: entrevista a Arno Stern

El adulto tiene el poder para destruir el juego espontáneo del niño. Y abusa de él, voluntaria o inconscientemente, con la idea de hacerlo por su propio bien. Y en cambio le causa un perjuicio, la mayoría de las veces irreparable.” Arno Stern





"Es una costumbre preguntar al niño: cuéntame tu dibujo, o qué has querido representar o qué has querido hacer aquí. ¿Es un árbol o una flor? Y la excusa de los adultos es demostrar interés por lo que hacen los niños. Esa es una razón hipócrita. La verdadera razón es que el adulto se cree superior al niño".  Arno Stern





El autor de la teoría de la Formulación visitó en Marzo de 2013  La Casa Encendida para desarrollar algunos de los puntos más importantes de sus investigaciones en materia artística, educativa y antropológica. 




La historia de Arno Stern comienza al final de la Segunda Guerra Mundial cuando, con veinte años, le ponen al cuidado de un grupo de niños, huérfanos de guerra, en un orfanato suízo. Afortunadamente, debido,a su inexperiencia y a su falta de formación sobre educación infantil, se le ocurre ponerlos a dibujar de forma libre para mantenerlos entretenidos, resultando tal actividad con un éxito inesperado, que le anima a continuar con la experiencia abriendo un taller de pintura en París.

Los descubrimientos iniciales que Arno va haciendo en torno al dibujo infantil y los niños, le llevan a iniciar un periplo por todo el planeta, en busca de tribus no hayan tenido todavía contacto con la civilización occidental. Arno está buscando, con estas investigaciones, la confirmación de lo que él ha creído descubrir con sus experiencias iniciales en el orfanato suízo y en su taller de París, y que dará lugar a lo que él ha llamado la Formulación.

La idea que está detrás de la Formulación es que todos los seres humanos tenemos una “memoria orgánica” que es universal y que se expresa a través del dibujo libre y espontaneo. La constatación vino dada por la comprobación realizada por Arno en estos viajes por todo el mundo, de que niños y adultos realizaban las mismas figuras y dibujos en todas partes.

 

Arno Stern. Del dibujo Infantil a la Semilogía de la Expresión.



domingo, 15 de marzo de 2015

Reses de Esther Ramón: algunos fragmentos

En medio de antiguas tumbas,
unas grandes, otras pequeñas,
existe una senda
para el ganado y las ovejas.
Bai Juyi







Al este la casa blanca del almendro. Entran con fotografías
y maletas. El perro deja de ladrar.

Clarea: madera quemada entre las baldosas y un banco
diminuto en el que ninguno se sienta. La madre abre
el cuero y cubre las camas. Olor cerrado. Antes de comer
bajan a por flores, llenan los vasos de agua espesa.

El niño ya no juega de día. Dormita en el patio, come arroz,
orina con los ojos muy abiertos. De noche se despierta
y construye torres con los objetos. Se derrumban, vuelve
a empezar.

Primera mancha en la colcha de los padres. Aceite sin olor.
La madre enjabona las preguntas. Y en el cobertor
de la niña. La camisa del padre. En las sábanas tendidas.
Y en las cortinas.

La abuela les cuenta la historia que le han contado.
El hombre que mataba cabras en esa casa. De toda la comarca
se las traían para que las sacrificara.

El perro atropellado, hay que enterrarlo. Bajo el almendro.
Los vecinos les regalan otro perro.

En el segundo verano el cielo se llena de letras blancas.
Canciones de siega y el sol ensartado día tras día en las montañas.

La abuela les cuenta la historia que le han contado. Cuando
había hambre y no daban leche. Los ojos desnutridos de
las cabras. Se las entregaban para que él las sacrificara. Sobre
el mantel de lino. En la labor de la madre. En los pañuelos.

Se gritan: por los vasos que caen, la posición de los espejos,
la suciedad de los cristales.

La abuela les cuenta la historia que le han contado.
Entonces sólo campo alrededor, sólo cordillera. El habitante
era un ermitaño. El pastor esperaba fuera. El ermitaño
entraba con ellas, echaba los postigos y atrancaba la puerta.

El padre es callado. Nadie sabe lo que escucha.

Bañaron al cachorro y se divirtieron con sus temblores.
Aquella misma noche cavaron de nuevo junto al almendro.
La madre se levantó temprano. Mediodía en el patio, sabor
especiado de las empanadas.

La abuela les cuenta la historia que le han contado.
El hombre quemando huesos. Adentrándose en las montañas.
Cuando el padre habla empaquetan las manchas.
En el tercer verano.

Con el calor se desprenden pequeñas piedras de los riscos.
Con las pisadas.





El artista
les pinta
la huida
en la boca
Su riesgo
en los dedos
plegados






En la llanura blanca corren caballos helados.
Calentamos agua para descongelarlos. Era una operación
delicada, queríamos intactos sus tatuajes, las alforjas de cuero,
el pasto prensado.

Con las articulaciones rígidas avanzan a saltos. Se inmovilizan,
toman impulso para quebrar el suelo que rebasan. Rumian
el frío y, al unísono, rehúsan resbalar.

Así que vertimos el calor taza por taza sobre sus lomos.

Crujido seco de las detonaciones, relinchos que caen rotos
como platos.

Eran animales tatuados. Con el agua despertamos dibujos
fabulosos: jinetes nervudos, mujeres guerreras, niños
en actitud de combate.

Ahora el viento aviva el frío y los caballos se endurecen.
Ateridos, lentamente adelantar una pata. Con movimientos
acartonados. Marchar.

Recuerdo el hedor, vuelvo a olerlo. Los estómagos
en digestión durante siglos, las bolsas de hierba cicatrizada.

En la parada entre dos saltos, los dientes comienzan a crepitar.

La corriente se extiende y tiritando patinan unos milímetros
de ida, otros de regreso.

Dentro del bolso de cuero encontramos un taburete
desmontable, un espejo de mano con cornamenta de ciervo,
dos ciruelas cristalizadas, un peine de hueso.

Minúsculas gotas de sudor. Alfileres, en cada poro.

Estábamos lejos, sin neveras, el helicóptero averiado,
los caballos reclamando su tiempo. Sólo pudimos mirar.
Contornos que se descomponían. Marcas de hachazos
en los cráneos. Lomos grises de la ceniza.

Llueve y las rodillas se liberan: trotan, galopan, se queman.

El vacío de un vaso sobre el perímetro exacto de la vela.
El humo blanco.





Jardines
(junto al
manzano
prendió
la cerilla
del contagio
la verruga
la simiente
del árbol
calcinado


de Reses, (Ediciones Trea, 2008)






Esther Ramón (Madrid, 1970) es poeta, crítica, profesora de escritura creativa y doctora de Teoría de la Literatura y Literatura comparada por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado cinco libros de poemas: Tundra (Igitur, 2002), Reses (Trea, Premio Ojo Crítico 2008), grisú (Trea, 2009), Sales (Amargord, 2011) y Caza con hurones (Icaria, 2013) y Desfrío (Ediciones Varasek, 2015).
Ha sido coordinadora de redacción de la revista Minerva, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y directora del programa de poesía de Radio Círculo Definición de savia. Entre sus últimos proyectos destaca Digging, en la Bienal de arte contemporáneo LIAF 2013, en las islas Lofoten (Noruega), que se enmarca dentro de su habitual colaboración con artistas de otras disciplinas y de la investigación centrada en el diálogo entre artes que viene desarrollando desde hace más de quince años. 
Actualmente, coordina el taller de poesía La flecha y lo blanco en la Fundación Centro de Poesía José Hierro, que se desarrolla en el diálogo de la poesía con artes como la pintura, la fotografía, la escultura, el teatro, el cine o la música.

domingo, 28 de diciembre de 2014

[Monteadentro] Antes de desaparecer




Presentación audiovisual del libro "Antes de desaparecer", Laura Giordani (Ediciones Tigres de papel, Madrid, 2014).
Realizado por Martín Marroncle y Laura Giordani. 
Videos y fotografías: Martín Marroncle.
Filmado en la Reserva natural Francisco Tau de Bell Ville, Córdoba, Argentina.


domingo, 23 de noviembre de 2014

La casa amarilla de Julio Espinosa Guerra




Yo vivo en una casa amarilla construida por las manos de
mi padre. Vivo en una tierra que ya no existe, en un
bosque donde se lee la magia en cada piedra, en cada
hormiga, en la linde de un año que multiplica los
caminos, en una palabra arada por las manos de mi
padre. Su fertilidad cría raíces en mis dedos y su flor
aroma esta página, la que lees.
Porque el más bello canto no es el canto del gorrión ni la
palabra canto ni la palabra gorrión, sino el canto y el
gorrión suspendidos en el eco de un poema.
Porque el más bello muerto es el que sigue respirando en
la arruga de un papel.

Fragmento de "La casa amarilla" 
(Pre-Textos, 2013)


¿Comprendes qué es la esperanza?


La cubierta amarilla del libro: paredes que custodian algo más que la infancia del poeta como viaje autobiográfico. El poemario ganador del premio “Villa de Cox” (Alicante) en 2012 y publicado el pasado año en la editorial Pre-Textos, es en realidad un solo poema dividido en 12 fragmentos, un poema caudaloso como el río crecido al que Juan L. Ortiz se acercaba a ver pasar los restos, un río como flujo de la conciencia que busca reconstruir los márgenes arrasados por la violencia del agua.




La casa amarilla es la casa de la memoria, aunque ésta se oculte en un bosque de falsos recuerdos. Una memoria con su carga de ficción, en el sentido de re-creación, cuando el pasado quiere reincorporarse en el presente del poema, pero que hunde sus raíces en experiencias de alto contenido de verdad. El propio Julio lo expresa con humor diciendo que, sucede como reza en esas películas que ponen los sábados por la tarde: “basada en hechos reales”. Esa honestidad vital se siente en el libro pues el poeta no se engaña respecto a la precariedad de la memoria; así, dice en la penúltima página:

“Este puñado de recuerdos son una mentira, la más bella mentira, y todo lo que en ella se presiente es verdad”

Y también es la casa de las palabras con toda su doblez, de las palabras precisas que se esconden en medio de un bosque de falsas palabras. El lenguaje recordado. Palabras que hilándose unas a otras insisten en decir lo que se queda en el aire.




Acerco el oído a las paredes de La casa amarilla de Julio Espinosa Guerra: es 1979, plena dictadura chilena y el poeta tiene cinco años. Podemos casi palpar la atmósfera de miedo y opresión que acecha fuera, el sonido de las aspas los helicópteros. Dentro, el padre talla pequeñas figuras en el cuarto más oscuro de la casa, Ernesto, su hermano, amasa el barro con ramitas para construir un puente casi imposible, la madre lava camisas y pañales en la artesa. La casa todavía late en las hojas de este libro, en esa infancia sin término que es la poesía.

Yo vivo en una casa amarilla construida por las manos de
Mi padre. Vivo en una tierra que ya no existe, dice el poeta, en un 
bosque cuya fertilidad aún cría raíces en sus dedos. 


Un homenaje al padre que levantó con sus propias manos algo más que una vivienda, la casa de la dignidad del que aún vencido no quiere arrodillarse, la casa de la resistencia íntima en medio del arrase, suturando el daño en los pequeños gestos cotidianos, fundantes, esos gestos de más calado político que cualquier pirotecnia incendiaria: 


Una sombra, una gotera cayendo sobre las camas, 
alimentando su raíz. Basta un plástico sobre las
colchas para detener el sangrado, una caricia sobre el
pelo, un buenas noches, te amo tanto…




Un poemario que recoge -como la película “El espíritu de la colmena” (1973), ambientada en la castilla inmediatamente posterior a la guerra civil - la atmósfera de un exilio interior, esa perturbadora paz de los vencidos que en la película de Víctor Erice está encarnada también por la figura del padre.

Avanza, querido viejo, hacia tu habitación. Besa el tallo de
la planta del miedo. Dale las gracias. Dile: Por ti he
sobrevivido, tú me diste las fuerzas para arar, plantar,
Injertar, regar, recoger los frutos del jardín. Besa sus
púas invisibles.

¿Comprendes qué es la esperanza?

Qué es el poema sino un puente, un puente hecho de barro y ramitas que une lado y lado, presente y pasado encontrándose en la escritura; justo a la mitad de ese puente quebradizo, la palabra poética, la palabra precisa, se yergue con todo su vértigo y temblor. 

Laura Giordani
(Texto presentación del libro, 7 de Febrero de 2014, Valencia)




Julio Espinosa Guerra (Santiago de Chile, 1974) ha publicado cinco libros de poesía, de los que destacan Las metamorfosis de un animal sin paraíso (2004, Premio Villa de Leganés), NN (2007, Premio Sor Juana Inés de la Cruz) y sintaxis asfalto (2010, Premio Isabel de Aragón, Reina de Portugal). Además ha publicado la novela El día que fue ayer (2006) y las antologías La poesía del siglo XX en Chile (España, 2005) y Palabras sobre palabras: 13 poetas jóvenes de España (Chile, 2010). Ha colaborado en publicaciones de diversos países y participado en numerosos encuentros internacionales, además de haber dado conferencias, cursos y charlas en las universidades de Göttingen, de Salamanca y de Jaén, entre otras. Su obra se encuentra recogida en numerosas antologías y revistas chilenas, españolas, mexicanas y argentinas, y ha sido traducida parcialmente al sueco, alemán, italiano e inglés. Director de la Escuela de Escritores de Zaragoza y de la revista de creación y pensamiento poéticos Heterogénea, en el año 2011 se le otorgó el prestigioso Premio de Poesía de la Fundación Pablo Neruda a la trayectoria poética. En el año 2013 Alfaguara publicará en Chile su segunda novela, La fría piel de agosto. Reside en España desde 2001.