lunes, 17 de febrero de 2014

Tuvimos de Rosa Lentini: dos poemas y algunas hebras


Tuvimos. Habríamos tenido,
Dos tiempos verbales en la historia dividida
de las familias, la espiral de los hijos
que baila, baila su triste vals sobre ellas,
escucha esa música, muro, escúchala….






AMAPOLAS

... Te he de esperar allá,
en la confluencia del soplo y el hueso,
como antaño.
Trilce. César Vallejo



Las amapolas no cubren por completo
el borde del trigal que abraza
un pálido cielo sin pulso
lleno de nubes.
Esta ruda superficie
de gravilla desgajada
un don
que lustramos como caracoles.

Escucha, escúchame
no hay forma de arder bajo este manto anodino
observa cómo todo se ciñe, se pega contra el suelo
pesos caídos y torpes.

Ruedas
cantos mellados
las memorias del tacto.

Empieza de nuevo, di
soy un trozo de esta tierra,
y antes del polvo
fui agua,
y antes otros dejaron
su ciega atención y se abandonaron.

Invisible este suelo
que bruñimos.
Afilada grava movida
solo pasos en la noche, solo perfiles de cuerpos
la oscuridad   la incertidumbre.

Ahora no oímos aquellos signos sumergidos
en la arena, dedos de amantes
---------desenterrando el misterio
cuyas ropas los topos arrancan.
Sólo deseos --- mudas - - serpientes
dejadas atrás. Una forma de decir adiós
los húmedos collares escamados
sobre el pavimento rugoso.
Y en las noches más calurosas del verano
alguien espera que la leche se agrie
sobre el mármol antes de tomarla.

Ahora sí te cuento lo que expían esas amapolas
-  -  -  apenas perceptibles en los bordes del trigal.
Porque tumbados a la sombra
convertimos como ellas en promesa la impaciencia,
en campo que siembra el yermo,
y las palabras ciegas
de repente
- - - - - - impulsan su color.






MAPAS

III

De madrugada el óvalo de la noche al derramarse
devuelve el frescor como una bendición
y el mundo pasa vacío y sin palabra.

Reacios a ver perdidos esos fulgores
los muertos esperan a que alguien
copie sus nombres en la gran yema lunar.

El amor es lo que todavía está por trazarse
en un extremo anónimo del cielo
que los aleros de algunos tejados ocultan.
En el extremo opuesto se descubren zonas vírgenes
dispuestas a brillar.

Por un instante mi voz recitando
acorta las distancias.
Un encuentro detrás de una memoria
una parcela invertida que nunca se desplaza
aunque ya nada sea reparable
aunque nada se asiente
definitivamente tras haber llegado,
aunque el tiempo en que tememos ser desalojados
sea el que sostiene la vida
y el centro esté aquí,
lleno de deseo y ausencia.


(De Tuvimos, Bartleby, 2013.)






Rosa Lentini (Barcelona, 1957) es poeta, traductora, crítica y co-editora de Ediciones Igitur. 
Ha publicado La noche es una voz soñada (1994), Cuaderno de Egipto (2000), El sur hacia mí (2001), Leggendo Alejandra Pizarnik (2002), Las cuatro rosas (2002), El veneno y la piedra (2005) Transparencias (2006), y Tsunami (2013). 
Ha sido incluida en numerosas antologías, entre las que cabe destacar Ellas tienen la palabra (1997) Norte y sur de la poesía iberoamericana (1997), Las poetas de la búsqueda (2002), Ilimitada voz (2003), 11-M poemas contra el olvido (2004), The other poetry of Barcelona (2004), Di yo. Di tiempo (2005), Con voz propia (2006), Poetas en blanco y negro (2006) y Poeti spagnoli contemporane (2008). 
Parte de sus poemas han sido traducidos al inglés, italiano, francés, catalán, rumano y portugués.



Un tiempo que está aquí, lleno de deseo y ausencia


aunque el tiempo en que tememos ser desalojados
sea el que sostiene la vida
y el centro esté aquí,
lleno de deseo y ausencia

Embarcarse en la lectura de "Tuvimos" (Bartleby, 2013) supone un viaje en el tiempo pero no en sentido lineal, como nos tienen acostumbrados tantos periplos literarios; este trayecto parece producirse por aquellas regiones de la memoria -esa ficción más real para el yo que cualquier realidad- donde el tiempo colapsa y se miran de frente presente y pasado:

como el rostro de esa niña de pocos años
y el halo satánico que se disuelve
en las venerables canas de la anciana
cuando las dos se miran en mí
al final de su vida.

y las conjugaciones de tiempo: “tuvimos, habríamos tenido” quedan arrasadas ante la constatación de que el centro de esa temporalidad, su boca, es la que todavía habla llena de deseo y ausencia.

El pasado pervive en el presente del poema y los dardos lanzados por la mano de la madre siguen su vuelo aunque la mano pequeña que los lanzó sea ya una larva ajena a su futuro de vuelo. Es la memoria, sí: pero también es el presente: palabras que se enlazan como finas hebras de cordel unidas a los dedos.

"Tuvimos" es un poemario autobiográfico, en el que a pesar de esa labor de reconstrucción ficcional que resulta la memoria, hay una carga de verdad, con un resultado profundamente honesto. Un viaje a las raíces, que ya se han propagado levantando el suelo de las casas aledañas. Pero no hay una sola traza de mitificación en relación al relato familiar, esa memoria siempre incompleta y precaria que nos constituye, ninguna vocación de fábula. En cada poema se proyecta una luz fría, extrañada y a pesar de esa perspectiva que da la distancia con su lucidez que revela pensamientos, miedos e incluso los sentimientos más perturbadores de los seres amados, no es luz despiadada; más bien, en esos flashbacks encontramos cierta compasión por los que se acusan tristemente de infelicidad y quizás sólo fueron lo que pudieron ser. 

Al leer este libro han acudido viajes poéticos afines: el del poeta escocés John Burnside en su maravilloso y descarnado poemario de 1995, Swimming in the flood (Nadando en la inundación) en poemas como Esposa bruja o Quemar a una mujer:

“Y así, por muchas veces 
que intentes retirar el hilo de fulgor

de la piel de agua y suero de su hijo
la lengua de la madre se escurre por su lengua

Y él se queda en el patio como una niña
mientras recoges el ganado”

O ese recorrido por la memoria familiar  de “Tiento” de la poeta mexicana Rocío Cerón para la que como Rosa Lentini, la vida es una sucesión de lazos que tensan gradualmente su nudo y que en un poema llamado La gramática del nudo nos dice:

Algo nos precede. Letal. Como el primer día que aprendimos a hacer nudos.
Y a cada ritmo un fardo un bloque una ceguera un escondite.
—animal cautivo, apenas intuición o atentado de luz.
Algo clama un patio de hileras verdes y fresnos crecidos hasta el instante de la boca.

¿Quién habla en mi cabeza y aturde al bulbo con su llanto?


Pero Rosa Lentini hace de ese viaje una experiencia más radical aún, porque se abisma en la subjetividad de los otros en una omnisciencia que más que un poder es empatía y nos hace conocer sus miedos, irresoluciones, la larga cadena del daño que toda familia va arrastrando junto a los lazos de amor. Ninguna luz sepia o consoladora para revisitar nacimiento y muerte: la brecha abierta en la carne después de un parto de tres días, el muro que dividió las dos casas de la infancia o la enorme cicatriz que divide de manera irreversible las dos mitades de la cabeza del anciano. 

Un bardo ciego para contar la historia familiar entre hermanos, pero clarividente en su ceguera. Poemas que examinan la floración del cuerpo y la irrupción del deseo como en estos versos del poema Clase de anatomía:

Yo me entregaba en secreto al placer
sin variar en lo fundamental la clase de anatomía

Porque “nada es más maleable que un niño y nada lo es menos que un niño blindándose”

Pero que también se detienen en la decrepitud, la vejez y la pérdida

Cuando la bañas su piel perfumada y fresca
huele a lavanda, y su ralo cabello teñido de rubio
reluce sobre su camisón de raso encarnado


Y esa violencia cotidiana (que la poeta deja asomar y hace tangible de manera magistral) que apuntala ese “pacto” de convivencia, esa paz que parece estar a punto de quebrarse a cada momento. Una confesión, un secreto no dicho. Decía Joseph Ernest Renán que “La esencia de una nación es que todos los individuos tengan muchas cosas en común y sobre todo, que hayan olvidado las mismas cosas”. Si cambiamos nación por familia, quizás lo entendamos mejor.

El poema sería la interfaz: término tomado de la electrónica que designa esa zona de comunicación o acción de un sistema sobre otro, el espacio donde la memoria pone a bailar los tiempo, para resguardarse de las exigencias del patrón del baile. El poema es la mesa en la que dialogan vivos y muertos frente a los platos estampados en azul , un tiempo no clausurado del todo que como el sopor de una larga sobremesa o la niebla, se posa sobre el presente rompiendo los límites de lo convenido y su sintaxis de la extinción.

Todavía hoy, la poeta siente un pie que se estira y estira bajo la mesa hasta golpear su rodilla… todavía se queda a escuchar aquellas voces, agrietando así las operaciones familiares de borrado, la amnesia convenida, su propia temporalidad al decir:

Trago corazones y hago el recuento de mis muertos.

Laura Giordani
Enero, 2014



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