Reses de Esther Ramón: algunos fragmentos

En medio de antiguas tumbas,
unas grandes, otras pequeñas,
existe una senda
para el ganado y las ovejas.
Bai Juyi







Al este la casa blanca del almendro. Entran con fotografías
y maletas. El perro deja de ladrar.

Clarea: madera quemada entre las baldosas y un banco
diminuto en el que ninguno se sienta. La madre abre
el cuero y cubre las camas. Olor cerrado. Antes de comer
bajan a por flores, llenan los vasos de agua espesa.

El niño ya no juega de día. Dormita en el patio, come arroz,
orina con los ojos muy abiertos. De noche se despierta
y construye torres con los objetos. Se derrumban, vuelve
a empezar.

Primera mancha en la colcha de los padres. Aceite sin olor.
La madre enjabona las preguntas. Y en el cobertor
de la niña. La camisa del padre. En las sábanas tendidas.
Y en las cortinas.

La abuela les cuenta la historia que le han contado.
El hombre que mataba cabras en esa casa. De toda la comarca
se las traían para que las sacrificara.

El perro atropellado, hay que enterrarlo. Bajo el almendro.
Los vecinos les regalan otro perro.

En el segundo verano el cielo se llena de letras blancas.
Canciones de siega y el sol ensartado día tras día en las montañas.

La abuela les cuenta la historia que le han contado. Cuando
había hambre y no daban leche. Los ojos desnutridos de
las cabras. Se las entregaban para que él las sacrificara. Sobre
el mantel de lino. En la labor de la madre. En los pañuelos.

Se gritan: por los vasos que caen, la posición de los espejos,
la suciedad de los cristales.

La abuela les cuenta la historia que le han contado.
Entonces sólo campo alrededor, sólo cordillera. El habitante
era un ermitaño. El pastor esperaba fuera. El ermitaño
entraba con ellas, echaba los postigos y atrancaba la puerta.

El padre es callado. Nadie sabe lo que escucha.

Bañaron al cachorro y se divirtieron con sus temblores.
Aquella misma noche cavaron de nuevo junto al almendro.
La madre se levantó temprano. Mediodía en el patio, sabor
especiado de las empanadas.

La abuela les cuenta la historia que le han contado.
El hombre quemando huesos. Adentrándose en las montañas.
Cuando el padre habla empaquetan las manchas.
En el tercer verano.

Con el calor se desprenden pequeñas piedras de los riscos.
Con las pisadas.





El artista
les pinta
la huida
en la boca
Su riesgo
en los dedos
plegados






En la llanura blanca corren caballos helados.
Calentamos agua para descongelarlos. Era una operación
delicada, queríamos intactos sus tatuajes, las alforjas de cuero,
el pasto prensado.

Con las articulaciones rígidas avanzan a saltos. Se inmovilizan,
toman impulso para quebrar el suelo que rebasan. Rumian
el frío y, al unísono, rehúsan resbalar.

Así que vertimos el calor taza por taza sobre sus lomos.

Crujido seco de las detonaciones, relinchos que caen rotos
como platos.

Eran animales tatuados. Con el agua despertamos dibujos
fabulosos: jinetes nervudos, mujeres guerreras, niños
en actitud de combate.

Ahora el viento aviva el frío y los caballos se endurecen.
Ateridos, lentamente adelantar una pata. Con movimientos
acartonados. Marchar.

Recuerdo el hedor, vuelvo a olerlo. Los estómagos
en digestión durante siglos, las bolsas de hierba cicatrizada.

En la parada entre dos saltos, los dientes comienzan a crepitar.

La corriente se extiende y tiritando patinan unos milímetros
de ida, otros de regreso.

Dentro del bolso de cuero encontramos un taburete
desmontable, un espejo de mano con cornamenta de ciervo,
dos ciruelas cristalizadas, un peine de hueso.

Minúsculas gotas de sudor. Alfileres, en cada poro.

Estábamos lejos, sin neveras, el helicóptero averiado,
los caballos reclamando su tiempo. Sólo pudimos mirar.
Contornos que se descomponían. Marcas de hachazos
en los cráneos. Lomos grises de la ceniza.

Llueve y las rodillas se liberan: trotan, galopan, se queman.

El vacío de un vaso sobre el perímetro exacto de la vela.
El humo blanco.





Jardines
(junto al
manzano
prendió
la cerilla
del contagio
la verruga
la simiente
del árbol
calcinado


de Reses, (Ediciones Trea, 2008)






Esther Ramón (Madrid, 1970) es poeta, crítica, profesora de escritura creativa y doctora de Teoría de la Literatura y Literatura comparada por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado cinco libros de poemas: Tundra (Igitur, 2002), Reses (Trea, Premio Ojo Crítico 2008), grisú (Trea, 2009), Sales (Amargord, 2011) y Caza con hurones (Icaria, 2013) y Desfrío (Ediciones Varasek, 2015).
Ha sido coordinadora de redacción de la revista Minerva, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y directora del programa de poesía de Radio Círculo Definición de savia. Entre sus últimos proyectos destaca Digging, en la Bienal de arte contemporáneo LIAF 2013, en las islas Lofoten (Noruega), que se enmarca dentro de su habitual colaboración con artistas de otras disciplinas y de la investigación centrada en el diálogo entre artes que viene desarrollando desde hace más de quince años. 
Actualmente, coordina el taller de poesía La flecha y lo blanco en la Fundación Centro de Poesía José Hierro, que se desarrolla en el diálogo de la poesía con artes como la pintura, la fotografía, la escultura, el teatro, el cine o la música.

2 comentarios:

Carlos Morales / El Toro de Barro dijo...

Me parece muy oportuna la atención que has prestado a esta singularísima poeta española, de escritura tan hipnótica. También me han gustado mucho las ilustraciones que has escogido, sobre todo a la que acompaña al poema que habla de los caballos helados y que, de haber sido en calor, se parecería tanto a algunos de los frescos de Altamira.
Sólo una poeta de tu envergadura es capaz de apostar por una poesía tan distinta y tan poco homologable como la de Esther Ramón...
Gracias por recordárnosla...
Carlos Morales
Ed. El Toro de Barro.

Kenit Folio dijo...


Es como si fuera caminando por tus letras para encontrarme cosas.
Un placer pasear por aquí y leerte.