sábado, 1 de noviembre de 2014

En este margen inmenso de lo no dicho: apuntes sobre Elegía en Portbou de Antonio Crespo Massieu.




Voy a compartir algunos apuntes sobre la lectura de este libro, apuntes necesariamente insuficientes para pretender dar cuenta de todo el caudal  poético que empieza a arrastrarnos nada más abrir sus páginas, como si nos asomáramos junto a Benjamin a un luminoso abismo.

El título nos lo advierte: se trata de una elegía, composición poética en la que se lamenta la muerte de una persona o cualquier otro acontecimiento digno de ser llorado. Digno de ser llorado y que quizás no se lloró lo suficiente o el vencedor sepultó de manera prematura para poder construir su victoria sobre la tierra calcinada y la ignominia de los derrotados.

Me trajo los fragmentos de un poema de José Ángel Valente: Hibakusha, 

La Historia, trapos,
sumergidas banderas, barras
rotas, anegadas estrellas bajo
la deyección.

Alguien tenía que morir sin término.
¿Qué víctima?

¿Y por qué
fue ésta y quién los eligió
no queriendo saber que el acto de elegirlos
era aún más obsceno que la muerte?
¿Por qué nosotros?, dicen
simplemente los muertos.

Aún.
¿Quién llora
que no puede llorar
desde los cuencos secos?



Pero esa elegía es además canto: canto de duelo y sobre todo, de restitución, como aquel elevado en las sinagogas o entonado por los labios amoratados de quienes atravesaron la frontera rumbo al exilio. Cantar para conjurar el frío y el miedo. Cantar para auto-acunarse de alguna manera.





El poemario está dividido en tres libros interiores: “Libro de los Pasajes”, “Libro de la Frontera” y “Libro del Descenso y Diez cantos”, todo precedido de un poema con el que comienza la travesía a modo de interrogación “¿A partir de cuándo?”, en el que el Antonio desgrana las preguntas resorte:

Más ¿cuándo llegó el verbo?
¿cuándo el pájaro y su canto?
¿a partir de cuándo el canto?
¿cuándo su renuncia?

El “Libro de los Pasajes” se inaugura con una cita de Walter Benjamin: “El cronista que narra los acontecimientos sin distinguir entre los grandes y los pequeños, da cuenta de una verdad: que nada de lo que una vez haya acontecido ha de darse por perdido para la historia”.

Nada ha de darse por perdido” por más ínfimo que pueda parecer y, en este sentido, todo el poemario es un ejercicio de rescate, de abrigo de los escombros hasta tiempos mejores. En la actualidad se habla de memoria histórica que termina siendo una mera  mímica de reparación de parte de los estados, un gesto burocrático que no se ensucia con la tierra bajo la que no descansan los huesos. El gesto de Antonio -y allí está su valentía y, en mi opinión, uno de los enormes valores del libro- es de quien no teme empaparse con el llanto de los olvidados. Pero tampoco viene a hablar por ellos ni a prestarles una suerte de voz de la que carecieran (en ese afán ha respetado incluso las faltas ortográficas de los poemas infantiles). En este sentido, se trata de la memoria como ejercicio poético y político de resistencia: un ir a contramano de la amnesia. Recordar para no renunciar al canto.




El suelo del relato oficial, el relato de los vencedores, se resquebraja y se cumple una extraña ley: a más olvido, los huesos se vuelven más resplandecientes, fosforecen como esas luces malas del campo argentino con su fósforo extraviado; las psicofonías, los ecos, se tornan más y más perturbadores, voces que regresan pidiendo cobijo, como esa nana, Wiegala que cantaba Ilse Weber para adormecer a los niños en medio del horror en el campo de concentración de Terezin, a 61 kilómetros de Praga.

Niños que dibujaban mariposas con las hebillas de sus cinturones o un pedacito de carbón y así encontramos las mismas mariposas, los mismos cielos amenazantes, los mismos árboles dañados en Terezin, en Auschwitz, en Cerbere, en Portbou…Estas trazas infantiles son rescatadas por Antonio y por ello he querido que algunos de estos dibujos nos acompañen hoy como homenaje y fundamentalmente para recordarnos que la creación puede ser un acto radical de resistencia.





También pueblan el libro versos infantiles, como el pequeño poema que Frantisek Bass escribe en Terezin: “está abandonada, pudriéndose en silencio, lástima de casas, lástima de tiempos” ó “Eva Picková que escribió no, no, Dios mío, queremos vivir, no debemos morir” y lo escribió con doce años y dos años después murió en Auschwitz, en Diciembre del cuarenta y tres. Y estos versos y dibujos se entremezclan con los escritos por los niños del exilio español “y Conchita Jiménez que tiene doce años dibuja árboles, casas, unas gallinas, una mujer, una niña, un coche con banderas cruzadas de Cataluña y la República, este dibujo representa mi mamá, mi hermana y yo que nos bamos a Francia con un auto”.

¿Por qué nosotros?, dicen
simplemente los muertos.

Aún.
¿Quién llora
que no puede llorar
desde los cuencos secos?





En Elegía en Portbou encontramos a Antonio Machado, Rosa Luxembugo, Karl Marx, Rainer María Rilke, Paul Celan, etc. junto a Sancho, Padín, García, Vega, Franco, Rivada, nombres apenas conocidos de quienes portaron el féretro de Machado hasta el cementerio de Collioure.

Quién dará cuenta no sólo de los ilustres huesos, puesto que no hay huesos ilustres en estas páginas, sino huesos de perros sarnosos y fieles entremezclados por la ternura final, trueque de mausoleos por tumbas blancas o ni siquiera eso: la fraternidad de la fosa común, de aquellos caídos anónimamente cruzando el desfiladero hacia la frontera o en medio de la tortura entre las paredes descascaradas de una comisaría en Madrid. Y en las fosas comunes y en la piedra de tumbas blancas se abrazan nombres y ciudades. Las luminarias de Celan o Benjamin o Machado no eclipsan las luces de los otros caídos, más bien se confunden con ellos en una abrazo póstumo, en esa cópula a que obliga la fosa común, la utopía común deshecha.

Es una elegía y mucho más que eso: poema casa, poema barca para llevar a los caídos del destierro al transtierro. El dolor se ha convertido en casa, lo dice claramente el poeta en estos versos:

“(...) los que se perdieron en la arena de los campos, los que son sólo apellido en piedra, una tosca inicial, y los que esperan aún, los huesos entremezclados, confundidos, en las cunetas de la historia, todos, todas, caben aquí, tienen techo, comida, aliento, en estas páginas escritas, en este margen inmenso de lo no dicho”… (pág 136)

Porque como dice Benjamin: “Tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”.




Algo particularmente emotivo del libro es ese pasar lista a los caídos, hacerlos presentes mediante la corporeidad del verbo, de la palabra. Y me recordó esos collages con los rostros de desaparecidos que las madres y abuelas hacían en Argentina como un ejercicio reparador, así como tejían a dos agujas a la espera de noticias de sus hijos o nietos.

En Elegía en Portbou, los vencidos son conducidos a través de la palabra poética del destierro (lugar de la pérdida) al transtierro, lugar casi imposible de reunión, de reparación de la utopía para que siga alumbrando el presente.

Transtierro a un lugar común, reunión de la memoria hecha añicos.


Laura Giordani
[Texto de presentación de Elegía en Portbou en Valencia, el 3 de noviembre de 2011]





"Mirar el mundo con los ojos de las víctimas, los olvidados, los excluidos de la historia." 


Antonio Crespo Massieu (Madrid, 1951) es licenciado en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por la Universidad Complutense y Diplomado en Estudios Portugueses por la Universidad de Lisboa. Profesor de literatura española en Enseñanza Secundaria. Entre sus publicaciones de referencia en poesía están "Elegía en Portbou" (Bartbely ed., 2011) y "Orilla del tiempo (Germania, 2005). Es autor también del libro de relatos El peluquero de Dios ( Bartleby editores, Madrid, 2009).



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