"La hospitalidad del micelio". Reseña de "Micelio" de Laura Giordani por Julio Más Alcaraz


                                       

En Micelio (Ril Editores, 2025), Laura Giordani construye un poemario que funciona como organismo vivo, una red rizomática que conecta familia, duelo y lenguaje. El título del libro no es casual: el micelio, esa estructura fúngica que crece bajo tierra y conecta raíces en una red de intercambio invisible, se convierte aquí en metáfora axial de una escritura que explora las conexiones ocultas entre generaciones, palabras y materia. El libro se piensa a sí mismo como red, en una poética del descenso y de la interconexión donde la vida se regenera. No hay grandeza en lo alto: «bajo nuestros pies, el milagro», dice uno de los poemas. Como bien sugiere Merlin Sheldrake en la cita que encabeza el primer capítulo, existe una red oculta y subterránea de vida que sostiene lo visible, y es precisamente en ese territorio oscuro donde Giordani sitúa su indagación poética.

El primer capítulo del poemario, Micelio madre, presenta a la madre como figura primigenia, «blanquísima / que se prolonga bajo tierra / para hilvanar raíces distantes». Aquí, la maternidad se quita capas sentimentales para convertirse en función ecológica literal, en proceso químico de transformación. La madre es «descomponedora de las memorias / del daño, / hacedora de olvido», una figura que no se limita a conservar sino que metaboliza el trauma para permitir la germinación desde el desecho. La plegaria se ubica en la tierra: el micelio es agente, no metáfora. Esta operación conceptual es de una lucidez sorprendente ya que Giordani comprende que la memoria no puede ser únicamente archivo, sino que debe ser también compost, materia en proceso de transformación. La Plegaria del micelio que abre el capítulo —«líbranos de todo daño»— resuena con letanías místicas, pero en un contexto material, casi bioquímico. El poema Rendición resulta especialmente significativo en esta primera parte: «Más bien, rendición: una ascesis inversa que desdiga la gravedad, que descienda hasta diluir los bordes en la compasión del Uno».

La ascesis invertida, el descenso como camino espiritual, subvierte los valores místicos tradicionales recordando a Georges Bataille o Maurice Blanchot: no se trata de elevarse hacia la luz, sino de hundirse en la oscuridad fértil de la tierra. El cielo se descubre abajo y exige cambiar el vocabulario espiritual. Esta inversión atraviesa todo el poemario y constituye uno de sus mayores logros.

El segundo capítulo, Familia, precedido por la inquietante pregunta de Edmond Jabès —«¿El fuego conoce el fuego? / ¿El bosque conoce el bosque?»—, se adentra en el territorio del parentesco y la muerte de nuestros seres queridos desde una experiencia de extrañamiento que recuerda el unheimlich (siniestro) freudiano: lo familiar que se vuelve inquietante precisamente porque creíamos conocerlo. La
pregunta de Jabès no es ornamental e instala un problema de reconocimiento entre semejantes que afecta a la noción de parentesco: lo familiar no garantiza conocimiento. El fuego que arde junto a otro fuego permanece, en cierto modo, radicalmente ajeno. Giordani despliega una escritura que se acerca a lo testimonial («las cenizas del padre», la afasia de la madre, las pertenencias embaladas) y reflexiona sobre la vida como constructo precario. Lo testimonial no se limita a consignar hechos sino que, a través de la materia—una caja, un resto—reescribe el significado del duelo. La familia es «esa amnesia convenida» y la sanación necesita dejar que «lo edificado / sobre terreno inundable / se desmorone». Aquí «amnesia» no aparece como olvido espontáneo, sino como pacto: un acuerdo tácito que sostiene lo convivible a costa de lo decible, remitiendo a la vida viable de Judith Butler: aquella que se construye mediante la exclusión de lo que no puede ser narrado sin desestabilizar la identidad del grupo familiar. La solución que propone el poema es estructural: no reparar lo edificado, sino admitir que la base era «terreno inundable» y, por tanto, aceptar el colapso como condición de verdad. Formalmente, el encabalgamiento de «lo edificado / sobre terreno inundable» dramatiza esa inestabilidad: el verbo mismo cede como cede el suelo. Ante el dolor incomprensible, la poeta deja que lo que escribe «me dé alguna pista», el daño «convertido en joya / de afilada belleza». La palabra joya no es un embellecimiento del trauma, sino el resultado de un trabajo de talla que transforma la opacidad del dolor en una transparencia cortante, en un objeto que refleja la luz precisamente porque ha sidopulido contra la dureza de lo real.

En el tercer capítulo, Anomalías, Giordani establece una poética de la anomalía, de aquello que resiste la normalización: «Escuchar a la hija ilegítima del lenguaje, su renuncia a seguir fabricando predicados». Esa hija ilegítima invita al «derrumbe definitivo de los pronombres»: el sujeto deja de ser casilla fija. «Su vocación de anomalía» es el reconocimiento de que todos en algún momento nos situamos en la extrañeza que produce la muerte buscando aquellos espacios donde la vida vacila y su sentido se pone en cuestión. Los hechos ocurridos en el capítulo anterior se van diluyendo («todo se va disolviendo en la memoria»), aunque la cercanía del momento marca que todo se disuelva «menos nuestras manos, todavía aferradas entre dos mundos». La imagen de las manos funciona como diagrama del tránsito: no hay relato épico del duelo, hay un resto táctil que sostiene el pasaje. Estos dos mundos nombran la liminaridad que el libro trabaja desde el inicio: el duelo como pasillo y no como sala de llegada, un estado de suspensión donde las identidades previas se han disuelto pero las nuevas aún no han cristalizado. El mini-diccionario Encielar(se) define: «caer hacia arriba / inaugurar un tiempo sin gravedad como hacen los niños cuando se columpian». El momento requiere del «coraje de asomarnos a la oscuridad propia y ajena y elegir no añadir más sombra». En ese reconocimiento del coraje llega la luz:

  


«Hora de descubrir esa madeja benevolente que… nos teje». En ese punto de luminosidad que se inicia en medio de la oscuridad, aparece un breve poema conmovedor que rescata al padre y al Campo de la Ribera: «Nuestro padre contó que también los detenidos en el Campo de la Ribera cantaban himnos revolucionarios con sus ojos cegados por las vendas. / Hay un canto imposible de confinar». Esta imposibilidad se convierte en gesto de resistencia, en aquello que permanece intacto incluso en las condiciones más extremas y vuelve a resurgir pasado el tiempo: «Las flores del manzano / en borbotones tiernos / de un blanco recién asomado / contra el cielo de abril». En este renacimiento, «con ese rosado escandaloso de la piel cuando se asoma», en esa grieta y herida, entra, como cita a Rumi, la luz. La luz de Rumi ilumina precisamente porque la abertura permanece abierta, porque la grieta es ya condición de visibilidad. Y desde esa grieta, Giordani se separa definitivamente de Manca Terra y Antes de desaparecer, sus dos anteriores poemarios, para entrar en un territorio nuevo.

El cuarto capítulo (Ternura en doce anomalías) constituye, en muchos sentidos, el corazón emocional del poemario, su epifanía. Encabezado por el versículo de Mateo 11:25, Giordani despliega una mística que se asienta en la ternura como práctica espiritual, una ética práctica: «Ternura: / bastaría una palabra tuya / para sanarnos» condensa toda una po-ética del cuidado y de la palabra como acto que puede
transformar la realidad. El eco bíblico no es genérico; aunque el epígrafe remite a 11:25, el giro «bastaría una palabra tuya» llama a la escena del centurión (Mateo 8:8): la cura por la sola palabra. Ese doble anclaje explica que la ternura funcione aquí como vía de conocimiento y, a la vez, como técnica de intervención en el mundo. 

La ternura se revela como categoría política y poética, como aquello que resiste la violencia del mundo sin por ello renunciar a nombrarlo. No es sentimentalismo sino lucidez ante la fragilidad constitutiva del existir. Por eso, la melodía «anega de música la muerte» y aparece «un fogonazo en el cielo / oscurecido de febrero». No se trata de una revelación espectacular, sino sostenida por la experiencia, calmada «para no deslumbrarnos». Aquí opera una ética de la atención en el sentido de Simone Weil, para quien atender es «suspender el pensamiento, dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto». El sujeto poético es plenamente consciente de la realidad y de esos «niños confinados en los sótanos», pero elige una «caligrafía ajena a la diaria matanza de estrellas». De nuevo, la referencia cristiana del epígrafe reaparece cuando escribe que la ternura «ofrece siempre la otra mejilla», eco de Mateo 5:39 que no es sumisión sino obstinación en no replicar la lógica del daño. La poeta ha intuido una verdad y es capaz de «palpar eso que llora / en el interior del hueso», la parte mineral del cuerpo, y aquella que sostiene la forma. Los doce poemas trazan una estructura temporal del duelo, con momentos de detención contemplativa ante el dolor pero también con la posibilidad rotunda de su redención. Esta sección dialoga con la tradición de la poesía religiosa española, inscribiendo lo sagrado en el espesor de lo cotidiano. Como en el trabajo de Cristina Campo sobre la atención contemplativa o en el claro del bosque de María Zambrano, lo místico se revela aquí como estructura de la experiencia: una forma de conocimiento que ilumina sin deslumbrar y que encuentra en la apertura, ese claro donde la mirada puede detenerse, la figura misma del pensamiento que acoge sin poseer.

En su último capítulo, Por donde los huéspedes invisibles entran y salen, Micelio cierra con una reflexión sobre el silencio y la posibilidad del lenguaje y la escritura poética. Giordani escribe: «Toda hospitalidad procede del silencio: ingresa en el pan —levadura invisible— y lo multiplica». La transformación viene de lo microscópico que trabaja en la oscuridad. El silencio «hace audible un sinfín de sonidos de otro mundo» y es ahora condición de posibilidad de la palabra verdadera, capaz de «elevar el corazón / como un pan», y no se limita a llenar el vacío sino que lo respeta y preserva como espacio de asilo. Este respeto por el vacío dialoga directamente con la hospitalidad absoluta de Derrida: aquella que no impone condiciones al huésped, que no pregunta nombre ni intención. El capítulo levanta una arquitectura del hueco para «alumbrar un vacío que guarezca de la helada e incube futuros cielos». «Alumbrar un vacío» es dar a luz la ausencia, construir con sustracción, según la lógica del ma
japonés, ese intervalo lleno de potencia que organiza el espacio y el tiempo sin llenarlo. En los últimos poemas, Giordani apunta hacia una especie de poética «enemiga de la apariencia», no ensimismada «en su propio fulgor», vinculada a «eso que calla cada palabra», una poética que se acerca a lo que Paul Celan llamó cambio de aliento, el poema como lugar donde el lenguaje gira sobre sí mismo para abrirse a su silencio, y cuya «vocación última no es tan diferente de la del guijarro del camino». El guijarro aporta tres rasgos materiales a la poética: peso (contra la levedad decorativa), fricción (tacto, roce con el mundo) y uso (lo que está ahí, humilde y disponible). Así, la hospitalidad del libro se cumple en su forma.


                                      Janaina Melo Landini, autora de la imagen de la portada                           Ciclotrama 265 (superstrato)


Micelio es un poemario de madurez, un libro que revela un dominio de los recursos del género poético contemporáneo. Giordani construye una voz que sabe ser íntima y filosófica, testimonial y valiente, arraigada en la experiencia concreta pero capaz de elevarse hacia la reflexión teórica sin perder nunca el contacto con lo sensible. Formalmente, Giordani demuestra una notable versatilidad, que va del poema en prosa al verso breve, una variedad formal que responde siempre a las necesidades expresivas del material poético. Temáticamente, el poemario aborda algunos de los grandes asuntos de la poesía contemporánea —memoria, identidad, lenguaje, muerte— desde una perspectiva singular que evita tanto el sentimentalismo como la abstracción vacía.

En el contexto de la poesía española e hispanoamericana actual, Micelio es una de las propuestas más rigurosas, notables y ambiciosas. Dialoga con la mejor tradición, pero lo hace con una voz propia, reconocible, que no teme la complejidad, aunque tampoco renuncia a la claridad cuando es necesaria.
La imagen del micelio, que da título al libro, se revela al final como la metáfora perfecta para esta escritura: una red invisible que conecta experiencias dispares, que transforma el desecho en fertilidad, que trabaja en la oscuridad para hacer posible la luz. Micelio es, en última instancia, un apasionante libro sobre las conexiones invisibles que nos constituyen, sobre las redes que nos vinculan con los otros, con la lengua, con la tierra, con los muertos. Y es, también, una demostración de que la poesía, en su
 mejor expresión, es ella misma una forma de micelio: una red de sentido que crece bajo la superficie del lenguaje ordinario, alimentando posibilidades de pensamiento y experiencia que de otro modo permanecerían inaccesibles.

Julio Más Alcaraz


Reseña publicada en el número 40 de la revista "Nayagua" de FCPJH (Fundación Centro de Poesía José Hierro): 

https://www.calameo.com/read/00730593925125875885f









Algunas reflexiones en torno a "Los expulsados" de Edgar Borges

                     el niño que mantenía erigidas paredes con la mirada

En la infancia vivimos y, después, sobrevivimos.
Leopoldo María Panero

Los expulsados (2025, Berenice)

Uno de los regalos más hermosos que nos hace la literatura es el encuentro con escrituras que dialogan de manera sumergida, secretean, podría decirse, con otros textos. Como si existiera una suerte de sustrato común e invisible que conecta las raíces de árboles que están distantes en la superficie. Al escribir la reseña de un libro, siempre regresa el mismo temor, que tiene que ver con el peligro de sesgar la lectura, de conducir la atención del lector por una especie de corredor en el que las posibilidades de un texto se estrechan, en lugar de expandirse. Precisamente, esa inquietud se intensifica al abordar una novela como “Los expulsados” (2025, Berenice) que nos propone un recorrido lector totalmente diferente. Edgar Borges va llevando nuestra mirada hasta la estatura precisa desde la que somos capaces de detectar la falsedad de esa sintaxis homicida que llamamos adultez. Con sus mapas y brújulas rotas.

Leemos en la primera página: Tres niños heridos se perdieron en un territorio difícil de ubicar. En su andadura quedaron encerrados en un camino indeterminado. En ese camino la luz iba y volvía, iba y volvía ocasionando un severo trastocamiento visual. Las pocas edificaciones estaban inacabadas; la arquitectura formaba parte de la geografía de la descolocación. La inestabilidad tanto en la luz como en la forma no ayudaba a tener una perspectiva definida de la realidad. Aquellos niños tenían por nombre Sara, Andreu y Marta”.

Los tres protagonistas, dos niñas y un niño, van transitando por distintas estancias. En algunos momentos de la lectura da la impresión de que estamos en una especie de tablero de juego con sus propias normas. Sí, hay algo de juego, de planteamiento lúdico en esta especie de arte de la fuga; cada decisión que tomen los protagonistas los llevará o no hacia adelante. Pero sería, en todo caso, un tablero de juego más parecido al que se despliega ante Grace en la película “Dogville” (2003) de Lars von Trier que al de cualquier juego de mesa. No estamos ante el canibalismo moral de Trier, pero aquí también hay abusos inquietantes. A través de las diez estaciones que estructuran la novela, se despliega un juego sistémico cuyas reglas están determinadas por unos amos invisibles. Su amenaza puede ser percibida en cada página: los padres en la casa, el maestro en la escuela, el DJ que elige la música a cuyo son se mueven deseos y cuerpos. Una suerte de rayuela altamente vigilada, panóptica.


En algunos pasajes de la novela, Andreu, Sara y Marta revelan una edad cronológica diferente, siendo tres cincuentones desencantados. En esta suerte de laberinto, no solo las paredes físicas colapsan y mantienen erigida una frágil estructura que parece estar hecha del material de la derrota, de nuestras memorias pasadas. Las creencias, de alguna manera, son capaces de coagular y dar consistencia a la realidad. El propio tiempo parece haber colapsado; así, los protagonistas saltan a distintos momentos de sus biografías. Las distintas teorías psicoanalíticas nos indican que el trauma es atemporal y se reproduce en un eterno presente que va configurando las experiencias futuras, los muros de esos espacios que nos alojan y nos aprisionan. Como en los relojes derretidos de “La persistencia de la memoria” de Salvador Dalí, el tiempo parece haber colapsado en un pacto terrible: pasado y futuro fundidos en un presente en el que cada decisión puede llevarnos a la salida o a la casilla de comienzo.

Los distintos espacios por los que transcurren las tentativas de escapatoria conforman un territorio generado por la disciplina social y sus ritos de paso o de iniciación: la escuela, la discoteca, la plaza, la cafetería. Lugares en los que se va conformando nuestra sensibilidad y que llevan en sí su propia gramática de adiestramiento, su propia invitación a la narcosis. Por ejemplo, la escuela se muestra claramente como espacio de mutilación temprana donde el pensamiento aprende a autolimitarse para no intimidar o desafiar la lógica adulta. La escuela, lugar de confinamiento de las hebras más tiernas, a la que, siguiendo a Panero, podríamos definir como una institución penal que nos enseña a olvidar la infancia.

Expulsados, entonces, de sí mismos, eyectados de una patria blanda, de una conciencia edénica. Vemos el caso de Marta, la niña que se atreve a cuestionar operaciones matemáticas al profesor y cuyo criterio, podemos sospechar, ha sido doblegado por algún tipo de violencia que está magistralmente insinuado en el libro. Cada uno de los niños, que a veces se nos presentan como cincuentones perdidos en una vida a la que ni siquiera reconocen como propia, ha sufrido algún tipo de abuso. La familia es una prolífica fuente de abuso temprano y de violencia sobre la levedad de un infante. Correazos, castigos corporales, abusos sexuales y otras maneras más sutiles de abuso como la sobreprotección en el caso de Sara. En un pasaje, se nos revela que la férrea rutina en la que su madre le obligaba a crecer era, en realidad, un inmenso sistema protector ante la violencia ejercida por un padrastro.

La discoteca es el territorio de la adolescencia en el que los límites parecen más aprendidos que reales. “A falta de paredes o puertas, se asumía la entrada como si se tratara de un acto de mímica aprendido de manera colectiva”, podemos leer. Un DJ como maestro de ceremonia, garage house, acid techno, ambient house, hormonas, deseos que nos regresan a la violencia original del cosmos.


Para conseguir liberarse hay que ejercer una suerte de alquimia interior, no basta con correr velozmente, no basta con seguir siendo los mismos. Tiene que existir un cambio en el estado de la materia, de evaporación, de cambio de velocidad, una aceleración de las partículas que los vuelva invisibles a los guardianes y sea capaz de iniciar una ascesis liberadora. Es imposible escapar con las reglas que han instaurado los guardianes: están hechas para que fracasen. La fórmula que se pronuncia al final del libro como clave de liberación de un sistema opresivo que ha llegado a formar parte de su propio cuerpo a través de deseos y mandatos ajenos, se resume en una palabra que Andreu pronuncia ante el estupor de sus compañeras: transfiguración. La propia etimología y significado del término nos ofrecen una clave esencial.

La transfiguración es una transformación de algo e implica un cambio de forma de manera tal que revela su verdadera naturaleza. En el plano religioso, es lo que ocurrió a Jesús en el monte Tabor, ante Pedro, Juan y Santiago. Mientras oraba, la apariencia de su rostro se volvió brillante, y su vestido blanco y resplandeciente. Sin embargo, la ruta propuesta por los captores nos ha llevado a un destino inverso que se llama desfiguración: desfigurar al niño, desfigurar su capacidad para imaginar. Los territorios que van recorriendo nuestros tres protagonistas son espacios precarios e incompletos que parecen erigidos con el continuo desguace de la infancia.

Debido a la tremenda gravedad del laberinto, los compañeros de fuga pueden, a su vez, convertirse en guardianes de esos espacios. Como le sucedió a Daniel, el daño puede hacernos olvidar quienes somos.

Siguiendo el rastro de conexiones subterráneas de “Los expulsados” con otras obras, llegamos al “Autorretrato” (1937) de la pintora surrealista Leonora Carrington, también conocido como “En la posada del caballo del alba”. En el cuadro podemos observar a la artista sentada con las piernas abiertas, apuntando a una hiena preñada, mientras por encima de su cabeza flota un caballo mecedor. Detrás, una ventana nos muestra un jardín en el que un caballo blanco galopa hacia lo lejos. Ante la inquietante escena que conforman Leonora, la hiena, el caballo mecedor y la ventana, nuestra mirada se encuentra atrapada en una especie de vórtice visual. La única salida de esa posada, que convierte a los caballos en madera e inmoviliza cualquier resorte de rebelión, parece ser el galope feroz.


Otro filamento luminoso me lleva a “El niño que bebió agua de brújula ” del poeta y cineasta Julio Mas Alcaraz, poemario publicado en 2013 en la desparecida editorial Calambur. En un poema del libro leemos:

Al despertar, el yo niño muerto. Tiene quemaduras y ampollas
en sus dedos. Lo recojo en mis brazos, las piernas juntas en mis
manos, su cuello hacia atrás.

No logró aprender a respirar las violentas luces de madrugada
que entran por la ventana.

Tiempo 3, poema III


Y, por último, una conexión entrañable de “Los expulsados” con “Micelio”, poemario en el que he estado trabajando en los últimos años. De estas afinidades involuntarias e hilos invisibles daba cuenta el propio Edgar: “Escribo en ‘Los expulsados’ que “La primera vez que Sara, Andreu y Marta lograron escapar de la cafetería, tenían la peligrosa edad de los cincuenta años de vida. Cada uno salió con un cuchillo en mano…” En un poema de ‘Micelio’, Laura Giordani escribe: “Cómo un niño de cincuenta años sollozaba detrás de su corbata de seda…”

Irse del camino, volverse humo, no dejar rastro. O como la memoria recordará a los futuros cautivos (es decir, a nosotros), el corredor se hizo bosque. Esta frase final está señalando un camino; quizás, una clave de liberación para los que vienen.

Laura Giordani



Reseña publicada en la revista de literatura "Abisal margen" el 24.07.2025

"El niño que mantenía erigidas paredes con la mirada".
Laura Giordani reflexiona sobre Los expulsados, una obra en la que Edgar Borges «va llevando nuestra mirada hasta la estatura precisa desde la que somos capaces de detectar la falsedad de esa sintaxis homicida que llamamos adultez».


https://abisalmargen.webnode.es/l/el-nino-que-mantenia-erigidas-paredes-con-la-mirada-por-laura-giordani/


Edgar Borges

Nacido en Caracas y radicado en España desde el año 2007, es autor de obras literarias como La ciclista de las soluciones imaginarias, La niña del salto, Enjambres, Ser gato y Figuras. En 2025 la editorial Berenice publica su nueva novela "Los expulsados". Finalista del Premio de Novela Ciudad Ducal de Loeches (2008); Premio Internacional de Novela Albert Camus (2010); Beca Residencia en el Centre d’ Art La Rectoría, de Barcelona, con proyecto de investigación novelada sobre la obra de Peter Handke y la censura mediática (2011).

En su literatura la ficción es una fuerza que trastoca la noción de realidad que nos enseñan. Autores como Enrique Vila-Matas, Peter Handke, Verónica García-Peña y José María Merino han destacado este enfoque en la obra de Edgar Borges.

Desarrolla el programa de creación literaria Crear desde las sensaciones para pacientes con alzhéimer, y el proyecto literario La ficción como vía para transformar la realidad, en centros penitenciarios como el Edgecombe Correctional (Nueva York) con Osborne Association. En 2016 la Superintendente de prisiones de Nueva York, en nombre del Gobernador de esa ciudad, entrega un reconocimiento a Edgar Borges por su labor creativa con los internos.


https://es.wikipedia.org/wiki/Edgar_Borges


Preludio- Fragmento de la novela ‘Los expulsados’ (Editorial Berenice, España 2025), de Edgar Borges.
Las artistas Lucero  Alcaraz (lectura y montaje) y Jennifer Rodríguez (guitarra y adaptación libre del tema ‘Starman’, de David Bowie, realizan un booktrailer de la novela original del escritor venezolano.






Una flor abierta que se ofrece sin saberlo: siete poemas de "La rama vacía" de Misael Ruiz



La rama vacía
Prólogo de Antonio Méndez Rubio


Así pues, puede que titular un poemario La rama vacía no sea un gesto tan inocente como al principio parece. Las cosas ya no pueden seguir siendo las mismas después de un título como este. La apelación a la nada, al silencio, a las pausas o intervalos… va haciendo así posible un trayecto que poco antes habría parecido del todo imposible. Y es que el riesgo es mayor de lo que resulta pensable: que la escritura (y la lectura con ella) aprenda a avanzar por un momento a tientas, entre luz y luz, por un momento sostenida solamente por la pasión de no saber lo que ocurre, lo que ha pasado, lo que vendrá después. La supuesta realidad reconocible, visible de una manera presuntamente obvia o evidente, deja de ser como era en virtud de una suspensión del sentido que acoge su propia irresolución. 

Antonio Méndez Rubio




AÚN siento
el roce de las jaras
como un animal herido,

el olor del hipérico
entre las rocas afiladas.



LA BUGANVILLA
ardiendo en el jardín.

La mano sobre el hombro,
como un ausente hablándome al oído,
vierte su líquido,
su delicada nada.

Arde,
arde el cielo.





LLUEVE
La casa está en silencio.

Una cala y un ramo de durillo
sobre la mesa.

Nada se mueve,
salvo la mano que escribe el poema.



IGUAL que el campo a mitad de febrero
pierde súbitamente
su piel de escarcha
y lo envuelve
un aire cálido que no esperaba,

del mismo modo,
en mitad de su invierno,
la mente.








EL SILENCIO, de noche, en la montaña;
las estrellas son diminutas piedras blancas;

una línea de sombra en la ladera
de enfrente, sobre el verde oscuro y claro
del abeto y del haya;

una pradera en un lugar, cualquier lugar,
sin voz ni pensamiento;

el rostro ladeado en la memoria
del ausente al que un día amamos tanto;

el salto intermitente entre una cosa 
y otra, la indiferencia
del instante.




ENERO. El cielo blanco.
Las hojas de los plátanos
resisten frente a la ventana.
El río se detiene,
no vamos a engañarnos.
Sólo una cosa es necesaria,
las formas del que ama y es amado.




EL UNO
escarba en el lodo,
esquiva las piedras,
tiene el morro fino,
el pulmón oscuro;
ve sombras, detritos,
antiguas esquirlas
de amor y de luto.
El otro recorre
la piel del suelo,
sus sentidos se afinan
a la luz de la escarcha;
busca el olor del hipérico,
el aire en un ala.
Si un corte transversal
entre el cielo y la tierra
los pone cara a cara,
no saben quién son.
Les arden las sienes,
se acoplan el uno al otro.



Misael Ruiz (Bruselas, 1960) es poeta, traductor y editor de poesía. Pasó su infancia ​en África antes de instalarse en España. Actualmente, reside en ​Barcelona. Ha publicado los libros de poesía El hueco de las cosas (Trea, 2008), Todo es real (Pretextos, 2017, Premio Antonio Oliver Belmás), Una idea de mundo (Animal Sospechoso, 2022) y La rama vacía (Animal Sospechoso, 2025).

Es coautor de Renga (Animal Sospechoso, 2022, con Alberto Silva y Juan Pablo Roa) e Interacciones (Eragin, 2025, con Mónica Picorel, fotografía y poesía).

Ha editado y traducido la obra de R.S. Thomas, Clive Wilmer, George Herbert (Premio de Traducción Ángel Crespo, con Santiago Sanz), Catherine Pozzi, Lala Blay y George Santayana (con Santiago Sanz).

Coordina la revista de poesía Mecanismos.org


Hacia donde se van las nubes: poemas de "Peor que pedir" de Antonio Méndez Rubio.



Peor que pedir (2025, Editorial PreTextos)




De qué //te sirve...Si esas flores/
hubieran sido de color amarillo/ ella lo
hubiera sabido tarde / o temprano. Así
que si / te pide, por ejemplo, / "define la fe en mí" /
o "¿te acuerdas de olvidar mariposas?" /
mientras se aleja como nunca antes... / tú
mira el cielo también irse y / haz
algo. Despídete. // Di sí.


                     



Esa necesidad // de claridad llega tarde.
Su luz / no es la que lleva signos hasta el borde
de la verdad. Que no se corresponda /
todo amor por ellas con esa realidad 
de la que hablas / es un fértil apuro justo /
para / toda // esa realidad.





NANA

MÉCETE, rama
sin caída, no digo
hacia mí —yo no
quiero nada de
nada: solamente
saber que te meces
sola hacia donde
se van las nubes
hasta desaparecer
—allí ya no estaré 
yo para verlo.




ALHAJA

QUIEN pide espera
de ese hostil jugueteo,
en el fondo del fondo,
lo peor.


                               


A TÉRMINO

¿SON flores de lavanda?
¿Empiezan a crecer o
no es momento para preguntarlo?
Demasiado tarde. Para ti. Demasiado
tarde para mí. No vas a seguir
así, ¿no? No vas a vivir
del todo. ¿De qué se trata entonces?
Tampoco tú, tampoco yo, ya ves,
respondemos con tiempo suficiente.
Quisiéramos no despedirnos de nadie.






HOJAS DE 1912
(FALLING LEAVES / METAMORPHOSES)

TIENEN esa virtud:
cada cual, nada más rozar la tierra,
se convierte al momento
en un brote de nada-por-aquí...

Se parecen a letras.

Porque tienen futuro
aunque no sea del todo: saben
cómo prender con papel
la llama al fuego.



Antonio Méndez Rubio nació en Fuente del Arco (Badajoz, 1967), donde fue nombrado Hijo Predilecto en 2023. Premio Ojo Crítico de Poesía de Radio Nacional de España (2005) y Finalista Premio Hiperión (1995).

Sus libros de poesía más recientes, editados con Vaso Roto (España/México), son Va verdad (2013), Por nada del mundo (2017) y Tanto es así (2022), además de Clic (seguido de excepto) (Olifante, 2024) y Peor que pedir (Pre-Textos, 2025).

Últimos ensayos críticos: Teoría de los umbrales (Lecturas de poesía) (La Documental, 2022), La escucha actual (Cátedra, 2022) y Fascismo de Baja Intensidad (La Vorágine, 2023). En torno a su obra se han publicado los libros Un lugar sin lugar (R. Molina / Universidad de Extremadura, 2022), El paisaje invisible (J. Fernández Gonzalo / Diputación de Badajoz, 2022), La fiesta del miedo (A. Cubero (ed.) / Chamán, 2023) y Torno (P. Aros / Varasek, 2023).
 
Ha traducido la novela Frankenstein o el Prometeo moderno de Mary W. Shelley (2022).


Un niño extraviado en las ruinas del templo. Poemas de "El Reino" de Ana María Hurtado



Dios atraviesa el universo y viene hasta nosotros.
Simone Weil



El Reino (2024, Salto Mortal)




MALJUT

 de dónde viene mi fuerza
-la insistencia de mis flores
sino de tu oscuro seno

 allí donde mis raíces se hunden
 como falanges asustadas
 esperando que nunca sea tarde para germinar





EL NIÑO PERDIDO

 el polvo del desierto era liviano en las sandalias
 sucumbían las hebras del atardecer
 y el niño ya no caminaba entre nosotros

 no había dejado ningún rastro

 las preguntas punzaban en el pecho
 solo callamos ante el espeso silencio de la noche

 éramos –para Él- mortales peregrinos
 veníamos de un diluvio y de una lluvia de fuego 

supimos que  ya no era nuestro
 su Reino  se deslizaba al ras de  las columnas del templo

 estaba en todas partes 
menos en el polvo de nuestras sandalias

 regresamos

 
                      




... Y HALLADO EN EL TEMPLO

 en las ruinas del templo buscamos  al niño perdido
 no lo reconocimos entre los escombros
 atravesamos los pasillos de los primeros atrios 
las galerías infinitas con rastro de sangre en las paredes
 los escribas con sus vestiduras de lino
 algo maltrechas
 se mantenían de pie junto al altar de bronce

 los cambistas daban al César lo que es del César 
y estrujaban entre sus manos
 las monedas del templo
 aún se percibían los vapores del incienso
 y las vísceras podridas del sacrificio

 el velo del templo estaba rasgado
 desde el cielo hasta la tierra
 la cabeza de mármol de Nabucodonosor reposaba en el Sancta Sanctorum
 el pie de un centurión se apoyaba en el candelabro de siete brazos 


el Reino se parece a un niño extraviado en las ruinas del templo

                   




DÁNOSLO HOY

 Todavía no ha llegado mi hora
 Juan 2:3

no tendré más día que este-me dije
el mismo de la infancia
aguardando en umbrales

no habrá otro día 
sino un horizonte sin grietas
y un lenguaje de señas
de signos olvidados

pisé una grama que aún no renace
a la espera de la próxima vara del lirio 
en el jardín

este día se extiende 
desde los latidos del corazón de mi madre 
hasta la última galaxia que muere entre los desperdicios 
cósmicos

 no hay otro día
 para mirar la incertidumbre de los pájaros
 no tengo más día que esta playa
 sumergida en la noche
 y los pies hundidos en la arena
-siempre puntual

no hay más día que este 
él se hace mío
mientras duermo bajo las acacias
-las mismas que ignoran el regreso-
ciegas a la silueta de las barcazas al amanecer

este día me abraza
mientras algo duele






LUCAS 11:20

Yo echo los demonios con el dedo de Dios
 ciertamente el Reino ha llegado a vosotros

 somos legión vagando por lugares secos
 anhelamos reposo
 sin hallarlo


 no estamos inscritos en la misericordia del Reino





Entren por la puerta angosta.
 Mateo 7:13

¡Qué angosta la puerta del alfabeto!- dice el poeta Adonis. Por 
ello el poema, habitante del Reino, ha de despojarse, hacerse 
filo de luz, atravesar las celosías, las diminutas hendijas. 

Ser estela de agua, descalzarse y hundirse en reverencia, flo
recer en las esquinas lodosas de los glifos, dejar caer algunos 
pétalos, develar sin pudor sus zonas erógenas, dejar al aire el 
ombligo y que broten tallos delgados y ágiles hasta abrirse en 
la rosa desnuda que se esconde.

 El poema, como el pan, brota de la boca de Dios.






LAS ACACIAS

 Ella creyó que era el que cuidaba el huerto.
 Juan 20:15
 
el Reino parece un jardinero que espera el florecer de las acacias 
observa cada día cómo crecen las hojas 
erectos los pecíolos
tejen el firmamento de follaje 

el Reino es semejante a la madera de una acacia
que crece en mitad del desierto
perfumando la soledad de los ocasos

el Reino se parece a un jardinero que amanece
sin recuerdos
abandona el sepulcro y corre desnudo hacia la luz
pero no sabe leer los signos de los tiempos

el Reino es como un jardinero sentado bajo la sombra de una 
acacia
allí se duerme
y sueña con un cielo poblado de criaturas marinas
despierta en alborozo
encandilado de pétalos
porque le llovieron flores en los párpados

el Reino se parece a una flor de acacia que ha caído al suelo 
para dejar su primavera en mitad de la calle.




Ana María Hurtado nació en Caracas. Poeta, escritora, ensayista, psiquiatra y psicoterapeuta.

Ha colaborado en diversas páginas, blogs y revistas literarias, de arte y de psicoanálisis donde han sido publicado sus textos y poemas, entre otros: revista interdisciplinaria Trópico absoluto, RANLE (Academia norteamericana de la Lengua), revista Poesía (Universidad de Carabobo), Vallejo and Company, Círculo de poesía, La antorcha magacin, Agulha, revista de cultura brasilera, Poémame, Liberoamérica: portal iberoamericano de arte y literatura, Prodavinci y El papel literario.

Premio de narrativa Julio Garmendia (Dirección de cultura de la UCV, 1984).

Algunos de sus poemas han sido publicados en diversas antologías nacionales e internacionales, entre ellas:

Diario poético de los tiempos adversos (Ccs 2019), Poesía en voz alta (Ccs2019), Una lectura por la vida y por la libertad (Ccs 2019), Pasajeras. Antología del cautiverio (Ccs 2020) El vuelo y la claridad (Ccs 2020) Hacedoras (Ccs 2021) El dulce ron que las embraga, Poetas actuales de Canarias y Venezuela (Canarias, 2022), Mujeres del mundo uníos (Santiago de Chile, 2023)  En la desnudez de la luz (Santiago de Chile, 2023) Poemas en bicicleta -Autores grandes para pequeños lectores- (Ccs, 2024) En compañía de los ríos subterráneos: Ensayos sobre la obra de Ida Gramcko ( Santiago de Chile, 2025), Antología bilingüe Resistir, la luz de la poesía contra el caos del mundo (París, 2025). Conferencias americanas -Autores de los Estados Unidos por escritores venezolanos-( CVA. Ccs, 2025)

Ha participado como invitada a diversos encuentros poéticos, entre ellos:(  Encuentro de poetas argentinas y venezolanas, organizado por la editorial argentina Vuelo de Quimera, en 2022, al  Encuentro Anasyrma (30 iberoamericanas se levantan la falda) 0rganizado por la editorial chilena LP5 Editora, a  las  VII jornadas de poesía de Valladolid, Dos orillas y al Salón de la Poesía de la FIL de Guadalajara, ambos en el 2024.

Autora de los siguientes poemarios publicados:

La fiesta de los náufragos (Editorial Diosa Blanca. Caracas, 2015).

El beso del arcángel, en coautoría con el poeta colombiano Leonardo Torres (Oscar Todtmann Editores. Caracas, 2018).

El árbol que en ella muere (Editorial Diosa Blanca. Caracas, 2023)

La única inocencia (Editorial Diosa Blanca. Caracas, 2023).

El Reino (Editorial Salto Mortal, Guadalajara, 2024)