sábado, 9 de enero de 2016

Fragmentos de CINCO de Teresa Garbí con fotografías de Emilio Ruiz


          


Pero la tierra conoce algo más: polvo, hojas,
cristales y un sin fin de miradas errantes que
nunca han podido fijarse en nada y que, tal
vez, nacieron tras una ventana herida por
miles de reflejos.

Algo removía el agua y se formaban círculos
en su brillo plateado. Todo, al caer, dejaba su
corteza en el fondo. Hubo cuerpos sumergidos
en su corriente. Algunos le transmitieron su
palpitación y su ritmo interior.

El aire se estiraba, se resistía a sumergirse,
pero la presión de la humedad y de las hojas
caídas, su propio peso, le obligaron.

Era el fuego quien le empujaba con un
bloque de vapor.
Y la tierra depositaba su palpitación en el 

curso del agua. Dirigía las emociones de 
todos los seres, retenía el calor del fuego en 
la superficie.

Dijo el agua: yo soy el flujo eterno, la
negación del tiempo.


Pero soy yo, el aire, quien retiene las
imágenes. A veces algo destella y no se borra
jamás. Por eso vine atravesando un túnel de
hojas que se agitaban a mi paso.

Y yo, el fuego, hacía destellar el camino.

Te detuviste en mí, la tierra. Hubo un silencio.
Me habías quemado enrojeciéndome con una
llama. Cayó la oscuridad. Habíamos salido
fuera de nosotros y éramos otro cuerpo, un
solo cuerpo.

Tuvimos, desde entonces, una sola voz, la
suya.

Voz llamada silencio. Un silencio material,
dibujo supremo, síntesis de todas las fuerzas;
una evidencia que respira nuestra emanación:
Tú que eres todo desorden, todo mezcla, todo
infinito, espíritu en el que el tiempo revierte
en eternidad.







III


El cielo de Sigüenza no es enteramente azul. 
Se respira un aire cansado, un aire de incienso 
y de ceniza. No es posible apreciar su color 
con la nitidez de otros celajes porque un velo 
cubre la ciudad y todo está ensombrecido por 
el peso y la palpitación de un rumor interno. 
El viajero sabe que, al respirar, comulga 
formas transparentes, el dibujo de ese rumor.

Sigüenza es seca, sedienta, pero, en cada 
rincón, se desangra en fuentes que parecen 
adormecerse besando el desierto en el que 
nacieron. No hay agua más destilada ni 
más pura que la que aflora en el secano, a 
borbotones, como un lujo supremo, pero, a la 
vez, esperado. Al igual que en el rigor de la 
muerte sorprendemos siempre el claro curso 
de la vida.

[..]






Dicen que en Sigüenza se nota la vigilia del 
Doncel. Que no hay nadie vivo, que nadie 
duerme. Que el sol hiere a los viajeros que se 
arriesgan a conocer sus empinadas calles. Que 
todo está apresado por ese velo que repite en 
cada retícula una mirada del Doncel. Dicen 
que, con el aire, se absorbe su cuerpo y se 
conoce el misterio de todas las cosas y ya no 
es posible escapar.

El campo duerme. A considerable altura 
revolotea una bandada de vencejos. Todas las 
calles parecen traspasadas por su vuelo y sus 
cantos.





El caminante intuye esa verdad oculta en la 
vegetación. Para alcanzarla quisiera olvidar 
el brillo áspero de las encinas y de los robles, 
el sonido sordo de las espigas, la sombra 
estrecha que las hojas tejen sobre su camino, 
el susurro de la vida. Porque él sólo desea el río 
subterráneo, el significado de tanta apariencia. 
Querría enfrentarse con ese aire destilado en 
el que la nada y la luz convergen.

La búsqueda termina frente a un montón de 
casas sobre las que surge, en lo alto, el castillo, 
y, más baja, flotante, irradiando una dorada 
luminosidad, la Catedral.

El viajero vuelve definitivamente a Sigüenza. 
La vida es eso: dejarse mecer por los cánticos 
sagrados, caminar por las calles errante, 
tejiendo con sus pasos un laberinto, una 
crisálida que sea respuesta al velo que lo 
envuelve todo. Y, por fin, dejarse morir 
hasta que la piedra nos convierta en piedra e 
interpretemos su trama y su razón.





Tú sabes que, entonces, podrías desaparecer.
Despertaríamos en un campo liso, inacabable, 
y la nostalgia se apoderaría otra vez de nuestras 
vidas. Porque ya ni siquiera te recordaremos 
en ese aire tibio que no rebasa el límite de la 
piel y en donde nada existe.

Pero aún estás en la capilla. Te mueves con 
paso solemne y natural como un árbol se 
movería en cualquier campo. Con su misma 
dejadez ocupas tu lugar de siempre. Tiene 
tu cuerpo la curvatura precisa que no puede 
ser rozada por el aire porque no lo hiere. Has 
interpretado su proporción y su ritmo y, por 
eso, no te expones inerme con el rostro vuelto 
hacia el cielo.

Dices: -Estoy aquí para morir.

Sabes que morir es ese deslumbramiento 
breve que te hace ver sin espacios y sin 
tiempos. No hay palabras en los árboles ni en 
el viento. Porque nada existe. Esa verdad tan 
sólo. Y suena como si ya hubiéramos muerto 
todos y todo fuese un recuerdo.




Fragmentos de CINCO (Sobre el Doncel de Sigüenza) de Teresa Garbí y fotografías de Emilio Ruiz. Uno y Cero Ediciones. Para acceder a la obra completa:

http://unoyceroediciones.com/libros/cinco-sobre-el-doncel-de-siguenza/
http://unoyceroediciones.com/





Teresa Garbí nace en Zaragoza. Estudia Filología Románica en esa ciudad. Cursa estudios de Bellas de Artes. En 2013 funda Uno y Cero Ediciones junto a otros autores.

Entre sus obras de creación destacan: Grisalla, 1981; Espacios, 1983; Alas, 1987; Cinco, 1988; La sombra y el pozo, 1993; El pájaro solitario anida tras el muro, 1997; El bosque de serbal, 2001; Desde el silencio, nadie, 2007; Leonardo da Vinci: obstinado rigor, 2009; Sakkara, 2015.
Ha publicado un ensayo: Mujer y literatura, 1997 y varios libros para aprendizaje de español y lectura de enseñanza media (Una pequeña historia, 2000; La gata Leocadia y La gata Leocadia en la granja, 2002; El regreso, 2005) y dos ediciones de obras clásicas: El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, 2004, y Romancero gitano, de García Lorca, 2011.





Emilio Ruiz Zavala nace en Santander. Estudia Bellas Artes en Valencia. Sus comienzos profesionales fueron de fotógrafo de teatro y danza en esa ciudad. Posteriormente trabaja de realizador de audiovisuales para escenografías, exposiciones, actos institucionales y ferias internacionales, así como fotógrafo de reportaje.

Ha ilustrado dos libros de Teresa Garbí: Alas,1987 y Cinco, 1988. Ha trabajado desarrollando labores gráficas y de documentalista en la productora audiovisual Grupo Ganga, 2001-2003. Con la dibujante Ana Miralles, ha trabajado de guionista en siete álbumes que han sido publicadas en varias ediciones: El Brillo de una mirada, 1990, En Busca del Unicornio 1997-1999 (adaptación de la novela de Juan Eslava Galán), De mano en Mano,2009, Muraqqa’, 2011, Wáluk, 2011.