Bajo este puñado de tierra que calla la lengua: poemas de Joan de la Vega.






Hitos como excrementos que bifurcan el camino.
Mojón dislocado por la mano sin hombre.

Un árbol caído desnuda, exhibe sus anillos al sol mutando
la sombra. La luz, en sus tardes, descompone restos de
vértebras roídos por los sedimentos y la hiedra que aflora
entre los canchales. Huesos y neveros insepultos, sin oído
y sin nombre, a pleno sol, como instrumentos de descom-
posición.

Aún creo en la simiente de la plenitud, solaz y desmemoriada.
Aún creo en la distracción del escarabajo y el hormiguero.

Insectos como acertijos que murmuran hambre.




PORT D´INCLES, 2.263m


Este ladrido
(¡oh, este ladrido
que reclama
nuestra atención!)
es más joven
que yo.
Mucho más
sincero
y transparente
que yo.
Su acorde,
su timbre
femenino
es más joven
que yo.
No subiré
solo
a la cima
en esta mañana
fría.
Me abrigará
el calor
de su lamento,
me llevaré
su raza a cuestas.
Conmigo
(vivo ya
para siempre)
su quejido
maternal.

La montaña efímera (Paralelo Sur, Barcelona, 2011)







Todo sucede ante mí
es una historia común

la luz copula 
en su flor de silencio
en la estatura de los bosques
con la sed del camino

los nombres ignoran
su identidad

todo sucede 
menos yo




Me está enamorando
esta montaña
clavada
que yace aquí
en apariencia inerme
hábilmente esculpida
sin otras manos

para ser contemplada
por esos otros ojos
invernales
tras la muerte

Una luz que viene de fuera (Paralelo Sur, Barcelona 2012)








(105)

Cumbres airadas.
Bajo sus precipicios
un hombre libre.


(198)

Tiento al destino.
Íntimas azucenas,
no os detengáis.


(255)

En la ribera
un álamo temblón
sueña sus nubes.

(321)

Romero, digo.
Y es octubre y mi madre
de entre los muertos.


(323) 

La mano hermana
guiando la mano enferma.
Niña sin madre.


365 haikus y un jisey (Rúbrica Editorial, 2012)








PARA LA CENIZA


has esperado largo
nada mana de abajo

convocas a quien
hubo detrás
y detrás 
nadie habla

dicen que viniste por amor
amor sin condiciones 

la máxima de este cuerpo 
.    .             .   .          .       .errático
es arder

romper en aguas
en esta hora 
prenatal

para la ceniza




MINORÍA

Bajo tierra un hombre talado se interroga. Cualquier 
fonema en descomposición le recuerda al árbol de dónde 
cayó. Si despegas el labio de la cripta encontrarás el amor 
más verdadero el ojo del hueso libando moho. [No espera 
nada del ángel que le embistió.] De ahora en adelante
 reza la plegaria profunda del estiércol. La zozobra es un 
don de absolutos en minoría.




PIRENE

Y tú Pirene templo o tributo que nos fosiliza en picado. 
Muerte adobada con gran esmero de amor. Alud de los 
silencios rotos. Verbo que subyace junto a los pájaros del 
frío.



Y tú, Pirene (Editorial Denes, 2013)







¿Qué dioses reverdecen sobre tanta hoja seca?
LAURA GIORDANI



Para ahuyentar el sello de la muerte hemos convocado nuestros
cuerpos desnudos —nudos del poema— bajo este puñado de tierra
que calla la lengua. Hemos cruzado juntos el desierto de la
alteridad, auscultando la ofrenda y la copla de sus alcantarillados.
Hemos copulado con el vacío de todos los nombres. Hasta la
ceguera, hasta desobedecer los signos de la extenuación. Ningún
dios vino a posarse al filo de tanta belleza, afuera, bajo las ramas de
la embriaguez. Vivir, maldecir, caminar sobre las brasas del árbol
fue la ofensa, nuestro agravio mayor. ¿Qué voces reverdecen en el
vuelo de esta alta oscuridad que ha borrado ya todos los bosques?
Nuestro el reino vegetal de la nada, los afluentes siniestros de la luz,
los cantos rodados de la extinción. Nuestra la danza de las
estaciones, el esqueleto de las flores, los señuelos de la noche. Y
también nuestra, la barbarie: el silbo del pájaro cenital derribado en
nuestro corazón.

[vegetus]






Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramanet, 1975) dirige la editorial La Garúa Libros desde 2004. Es autor de Intihuatana (Seuba Ediciones, 2002), Ladino (Trea, 2006) que reúne sus tres primeros libros Intihuatana (Sin lugar a luz), Ixtab (La soga en el ojo) e Ipalnemoani (Por quien vivo); Trilces Trópicos. Poesía emergente en Nicaragua y El Salvador (La Garúa, 2006), La montaña efímera (Paralelo Sur, 2011), Una luz que viene de fuera (Paralelo Sur, 2012), 365 haikus y un jisey (Rúbrica Editorial, 2012)  e Y tú, Pirene (Denes, X Premio César Simón). Algunos de sus poemas han sido incluidos en Campo abierto. Antología del poema en prosa en España 1990-2005 (DVD Ediciones, 2005), Pájaros raíces, en torno a José Ángel Valente (Abada Editores, 2010) y en revistas como Alhucema, Turia, Piedra del Molino, Vulcane, Paralelo Sur, Nayagua, Barcelona review y Letra Internacional.




Fragmento de La montaña efímera (Paralelo Sur Ediciones, 2011), de Joan de la Vega, recitado por el autor.

Las señales que hacemos en los mapas y Skinny Cap: la corriente que hermana dos libros




Me emociona de una manera muy particular -esa que abre algo parecido a un nido en el pecho, acompañar la presentación de Las señales que hacemos en los mapas de Laura Casielles y Skinny Cap de Martha Asunción Alonso, ambos editados por Libros de la Herida que llevan adelante los poetas José María Gómez Valero y David Eloy Rodríguez. 

Ellos alumbran sus libros con la misma lucidez con la que viven y respiran, sustrayéndolos de su cosificación y de ese estatus de mercancía que el campo les tiene deparado, donde la experiencia de publicar significa no solo cuidar la forma, el cuerpo del libro, sino también cuidar los vínculos, cuidar al otro, alumbrar con amor. Y esa energía se percibe en la misma materialidad del papel, es tangible.

No es casualidad que ambos libros se presenten juntos, se podría decir que están hermanados por una corriente que los conecta de manera subterránea, como esas raíces que conversan bajo tierra. 




Hablan de un viaje en dos direcciones aparentemente opuestas: en "Las señales que hacemos en los mapas" hay un movimiento que conduce hacia afuera, al encuentro de la otra orilla sin la cual los puentes no pueden revelar toda su hermosura -como dice Laura en un poema, al encuentro de los habitantes de ese otro lado devenidos semejantes en el solo acto de mirarles a los ojos. El otro movimiento, en "Skinny Cap" es de regreso: viaje adentro, a la infancia, al propio cuerpo. A los soportales donde se aprende a escribir. Y sea cual sea la dirección del viaje, hay extrañeza, aunque sea de regreso a casa: no se vuelve al mismo lugar y ya no somos aquellos que partieron. O como dice Albert Sánchez Piñol en una cita del libro de Laura, “El paisaje que un hombre ve, ojos afuera, acostumbra a ser el reflejo de lo que esconde, ojos adentro”.

La poesía es extranjería del lenguaje: las palabras, parecen ser pronunciadas por primera vez en el poema, descolocadas de la sintaxis convenida, extrañándolas del saqueo continuo a que son sometidas. También es lenguaje en resistencia, si creemos con Octavio Paz que el poema es el lenguaje erguido, rescatado del vaciamiento y el abuso sistemático. O de su confinamiento a un valor meramente instrumental, como mercancía. Y lo poético comienza precisamente, allí donde el lenguaje rebasa su función instrumental. El poeta es extranjero en su propia lengua y querrá traspasar las aduanas del sentido convenido, pero no hay más camino que naufragar, jugarse la vida para llegar a la orilla.




Marrakech, Fez, Casablanca, Rabat, Tanger, Asilah… no son destinos en el catálogo de una agencia de viajes, sino ciudades que dan nombre a poemas de "Las señales que hacemos en los mapas" que, de hecho, se contrapone al modo turista como metáfora de la manera en que chapoteamos por la superficie, los estereotipos a los que reducimos al otro. Laura traza la cartografía de quien ha hollado y respirado los lugares, quebrando el simulacro de la postal, trazar en un cuaderno de viaje la cartografía de un mundo que no quiere extinguirse. Asilah, Tánger, Rabat… cenizas de un fuego mal apagado. Ciudades sitiadas, inclinadas sobre sus dédalos llamados barrios viejos, con sus heridas, sus historias de daño y resistencia. Con sus casas y rostros que no pueden ser vistos desde un tren de alta velocidad o que no pueden vernos a nosotros tras las ventanas entintadas de un autobús.

La hospitalidad sobrevuela todo el poemario, la intemperie del viajero encuentra alivio en la tibieza que lo acoge, le cede su cama y recupera la palabra bienvenido en todos los idiomas necesarios. Hospitalidad que no espera nada a cambio.

Me di cuenta, después, de que, en su vulnerabilidad, el extranjero sólo podía contar con la hospitalidad que le brindase el prójimo. Igual que las palabras se benefician de la hospitalidad de la página en blanco y el pájaro, de la hospitalidad, incondicional, del cielo.

 [Edmond Jabés, El libro de la hospitalidad]




En "Skinny Cap", el pasado se incorpora en el presente del poema, recupera la memoria del barrio de la infancia, el barrio que resiste, los poemas alojan como muros en blanco el pulso de aquellos grafiteros del Madrid de los años ochenta, del extrarradio, donde Martha pasó su infancia y adolescencia. (Muelle, Bleck, La Rata…).El grafiti es una forma de resistencia, de irrupción de vida en el muro desdiciendo su mortal grisura. Da igual si esos grafitis se hacen en Pompeya en el año 79 de nuestra era, las paredes de un barracón de Ravensbrück en las que un niño dibuja una mariposa con un pedacito de carbón o en un muro de Leganés. El grafiti, como el poema más urgente, grito, escritura que se escapa del confinamiento del papel, que resiste a la sintaxis de la muerte interrumpiendo la respiración agónica del trazado cotidiano. 


NATIONAL SCOTTISH GALLERY

¿Conoces algún pájaro
que cambiara los bosque por la palabra bosque?

(..)

¿Conoces algún pájaro que no quiera cambiar
su jaula
por la palabra jaula? Porque vivir
no cabe en un museo,

Rodin pensó, sin duda, en paredes y un rotring frente al mármol.




"Skinny cap" significa boquilla fina, esa que se le pone al spray cuando el grafitero desea trazar las líneas más finas y opera en el libro como una poderosa metáfora; con esa precisión y delicadeza escribe Martha sobre el barrio de la infancia, en la valla del colegio, en la pared donde se vuelve a ser pobre… Y también skinny es lo famélico, madres que no dan merienda, anorexia emocional como dice el poema que se llama así:


Porque conservo tus
palabras
como si fueran minerales.

Skinny por la anorexia emocional
Ver siempre el mes de mayo en ojo ajeno.

Memoria, homenaje: la dignidad de los que aun resisten el mandato de morir en vida.

Y el lugar del amor
son los buzones, las vallas de las obras,
las tapias de esas casas
donde anida la quiebra como un gesto
de vida.


Laura Giordani
Valencia, Febrero de 2015




Laura Casielles (Pola de Siero, Asturias, 1986) es una escritora española dedicada principalmente a la poesía.

Casielles es licenciada en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, máster en estudios árabes e islámicos contemporáneos por la Universidad Autónoma de Madrid y Licenciada en Filosofía por la UNED. Vive en Madrid, tras residir en años anteriores en París y Rabat. Forma parte de la coordinación general de un portal de análisis e información de la vida árabe. Realiza traducciones del francés.

En 2008 publicó su primer libro, Soldado que huye (Hesperya). En 2010 obtuvo el XIII Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal con su segundo poemario, Los idiomas comunes. Esta obra fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández 2011, concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. En 2014 publicó su tercer poemario, Las señales que hacemos en los mapas (Libros de la Herida).

Ha publicado poemas, artículos, entrevistas y traducciones en revistas y periódicos como Hesperya, Ellas dicen de MLRS, Nayagua (publicación del Centro de Poesía José Hierro), Cuadernos Hispanoamericanos, Mordisco, Clarín, Ábaco, El Comercio, Atlántica XXIII y La Marea. Una selección de su obra ha sido traducida al italiano.



Martha Asunción Alonso (Madrid, 1986) es una poeta española con residencia en Francia. Es licenciada en Filología Francesa por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Estudios Avanzados en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza. Compagina la creación literaria con la docencia en Francia

Su obra poética ha sido reconocida en diversos certámenes, como el premio La Voz + Joven de la Obra Social de Caja Madrid (2009) y el Premio de Poesía Antonio Machado de la Fundación de Ferrocarriles Españoles (accésit en 2009).

La autora ha publicado los poemarios Cronología verde de un otoño (2009, Premio Blas de Otero de la UCM, Ediciones UCM), Crisálida (2010, Premio Nuevos Creadores de la Academia de Buenas Letras de Granada, Editorial Alhulia), Detener la primavera (2011, Premio Antonio Carvajal, Ediciones Hiperión), La soledad criolla (2013, Ediciones Rialp, premio Adonáis1 ), Skinny Cap (2014, Libros de la Herida) y Wendy (2015, Pre-Textos, VII Premio de Poesía Joven de RNE).

En 2012, su poemario Detener la primavera recibió una nueva distinción: el Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández,2 otorgado por el Ministerio de Cultura.

Algunos de sus poemas han aparecido en revistas literarias como Quimera, Piedra del Molino, Ellas dicen de MLRS, Nayagua (publicación del Centro de Poesía José Hierro), Ex Libris, La Madeja, Estación de poesía, Litoral, Paraíso, Eñe, Blusa o Mordisco. Ha participado en numerosos festivales y encuentros literarios. Una selección de su obra ha sido traducida al griego.



Toma de tierra de Ester Folgueral. [Algunas anotaciones para perderse y tres poemas]





Uno de los móviles de la poesía arraiga en lo amoroso,
pero otro tiene su raíz en la violencia, en alguna clase de
rabia o intemperancia. [...] El poema, como el paisaje,
es lugar donde se nos permite hablar con los muertos;
también donde se nos permite sentir el dolor.

Olvido García Valdés




Algunas anotaciones para perderse 

Estas trazas no pretenden constituirse en prólogo; a lo sumo, son el intento de esbozar algunas sendas para adentrarse en la espesura poética que desde los primeros versos se despliega ante nuestros pies e invita a perdernos. Sendas que se desdibujan y se rehacen a cada vuelta de página, un puñado de anotaciones dejadas caer como miguitas luminosas para invitar al recorrido, si estas no acaban antes en el buche de esos pájaros ciegos y heridos que sobrevuelan los poemas. 

¿Qué palabra con sombra 
para nombrar la casa? 
¿Qué palabra salpica a los pájaros 
que vuelan como heridos? 


El libro está atravesado por apariciones y espectros. Vivos y muertos se reencuentran en las páginas y la linealidad del tiempo se hace añicos: ingresamos a una especie de tiempo primigenio en el que al nombrar muertos, nacen orugas musicales. Tiempo circular en el que subsisten esas sobras de amor que nadie recoge y en el que algo muere en algún lugar para sostener lo que vive. Como señala María Zambrano en la cita que acompaña unos versos: «Ligeramente se curva la luz arrastrando consigo el tiempo», también aquí la palabra se curva operando en el pasado, dibujando agujeros de muerte en el sueño de los vivos. 


No entiendan los muertos que están muertos, 
y llamen a nuestra puerta 
como seres visibles que aún huelen las rosas. 


En estos tiempos de pugna por lograr visibilidad y reconocimiento, el ego del artista termina eclipsando y haciendo famélica la obra. Ester Folgueral sabe escuchar, aprendió a esperar la palabra necesaria, camina descalza (así anda su escritura) para entrar a esa habitación blanca y vacía en la que se escribe sin que nadie nos vea. Escritura coherente con una actitud vital cuya nota clave es el despojamiento, el deshacerse de todo lo sobrante, lo inútil, lo altisonante.

Su poemario consta de tres estancias porosas, comunicadas por la imagen de la toma de tierra. 

En la primera de ellas, El vulnerable animal, hay un descenso a las raíces, al árbol de la infancia, a un mundo en el que la casa abierta es atravesada por fantasmas y se camina a la sombra de los muertos. El tiempo vuelve sobre sus pasos y las palabras no alcanzan para nombrar, con los ojos desmesurados del niño que asoma al mundo sin defensas, ante una herida completamente abierta. Solo el niño ve al muerto en el espejo y la infancia dura hasta que comprendemos que no hay dulzura que encuentre duración en la lengua de los vivos. Mirar nuestra propia vulnerabilidad a los ojos y no olvidar esas criaturas que, en la insignificancia que les asigna la impostura adulta, aún sueñan lo que importa, aún cantan lo que importa. 

En El río lava el tiempo, hay un recorrido por la herida, por paisajes de lo que ha sido expoliado y, aun así, el atrevimiento de abrir la casa donde todos han muerto para alojar a los que quedan. La corriente de este río lleva las pérdidas, amantes que partieron o no tuvieron el valor de amar. Las despedidas. La memoria reconstruida y el reconocimiento de todas las muertes que sostienen lo que hoy vive. Y su agua es capaz también de lavar las heridas. Circulares como el río, reverdecemos sobre tanta hoja seca, vivimos de lo sumergido. Sanar en el interior del tiempo. Alimentar a los muertos que nos sostienen. 

La última estancia se titula Resistencia. Apurando el concepto de toma de tierra, resistencia es toda oposición que la corriente encuentra a su paso, cerrando, atenuando o frenando el libre flujo de los electrones (de las palabras). Cuando la resistencia es elevada, comienzan a chocar unas con otras y a liberar energía en forma de calor. Ahí, en ese punto de fricción y liberación, comienza precisamente lo poético. La palabra revelando todo su potencial, sacudiéndose la inercia de los circuitos normalizados. Esta es la paradoja de la palabra poética: lo que hace que la herida, como nos recuerda Anne Carson, irradie su propia luz. 

Resistencia: 
no tocar el muerto 
cuando el muerto tiene hambre, 
y llorar como un bebé 
bajo el árbol. 


En Resistencia la curación es posible. Hay un movimiento hacia la restauración que hace posible decir lo que importa, aunque sea con fragmentos, con restos de lo vivido: Hacer dulce lo amargo. Encender las rosas. 


Laura Giordani. 
Mayo 2015
Prólogo de Toma de Tierra 
(Editorial Gravitaciones, 2015)



Ester Folgueral en el hayedo de Busmayor, El Biezo



Salir a gatas por las raíces, nuevo y sin nombre […]
Intentar hablar y casi conseguir
sanar en el interior
del tiempo y otras personas.
Ted Hughes


III

No entiendan los muertos que están muertos,
y llamen a nuestra puerta como seres visibles
que aún huelen las rosas.

Pero su sangre, arena.
Pero su pelo,
pelucas en el escaparate de la ciudad castigada.

¿Qué palabra con sombra
para nombrar la casa?
¿Qué palabra salpica a los pájaros
que vuelan como heridos?
¿Qué volumen de luz la palabra leche,
con el frío lamiendo sus pezones?

Nombras muertos y nacen orugas musicales.
La agenda del corazón siempre gana lo perdido.

No entiendan los muertos que están muertos,
y llamen a nuestra puerta
como seres visibles que aún huelen las rosas.


VI

La serpiente escribe en piedras
con su lengua amorosa.

Con su lengua amorosa
el viento dibuja agujeros de muerte en el sueño de los vivos,
miel que no se guarda en un vaso de juncos.

La serpiente escribe
que la miel no dura en la lengua de los vivos.


El hayedo de Busmayor, El Bierzo.



Aquí los vivos comen luz caliente
con cucharas de hueso.
Las tallaron los pájaros
en jardines abandonados.

Toma de tierra.
Todo hombre es un árbol:
sus extremidades ramificándose;
lo inútil
baja
a morir en las raíces.

Aquí los muertos comen la luz fría,
su ceniza alimenta nuestras hojas,
la fragilidad verde de la rama.


 


Ester Folgueral (El Bierzo, León) es poeta, periodista y profesora de escritura creativa. Licenciada en Periodismo en Madrid; trabajó y colaboró en medios como El País, Canarias 7 o el Diario de León. Actualmente imparte talleres de creación literaria en Ponferrada.

Ha publicado cuatro libros de poesía: Iucharba (1988),La espada azul (Premio Nuevas Escrituras Canarias, 1995), Memoria de la luz (Mención Especial Premio Manuela López, 2006) y Lo indestructible (2010), así como la plaquete La cuenta (2010) con grabados de Miguel Ángel Curiel y Juan Carlos Mestre.

Sus poemas han sido recogidos en antologías como Poesía para vencejos (Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, 2007), Sagrado Invierno (ed. Luis Carnicero, 2012) o Claraboya y sus amigos (Eolas, 2014).




Un nido donde los árboles rechazaban la muerte

J'ai revé d'un nid oü les arbres repoussaient la mort.
[Soñé con un nido donde los árboles rechazaban la muerte.]

M Adolphc Shedrow, Berceau sansprumesses


Recogí un nido en el esqueleto de la hiedra.
Un nido suave de musgo campestre y hierba de ensueño.

Yvan Goll, "Tombeau du pere",






Adivino la historia de una caída en su temblor de torre de
paja, esta urdimbre de astro reseco sin estela que atestigüe
tanta vocación de cielo. Hangar de todos los ascensos,
matriz del canto y las acrobacias en una choza de falanges
abiertas sin más techo que la intemperie, sin más columna
que el viento. Puño abierto del árbol, fruto de la altura
más alta, donde la levedad colgó sus partituras y donde
ahora mis manos ensayan torpes la autopsia de un vuelo.

[Nido derribado]
Laura Giordani, Noche sin Clausura.




Si pudiéramos encontrar de nuevo nuestro deslumbramiento candoroso cuando antaño descubríamos un nido. Este deslumbramiento no se desgasta, el descubrimiento de un nido nos lleva otra vez a nuestra infancia, a una infancia. A las infancias que deberíamos haber tenido.

Cuántas veces he conocido en mi jardín la decepción de descubrir un nido demasiado tarde. Ha llegado el otoño, el follaje se desnuda ya. En el ángulo formado por dos ramas, he aquí un nido abandonado.
Descubierto tardíamente en el bosque invernal, el nido vacío reta al buscador.
El nido es un escondite de la vida alada ¿Cómo ha podido ser invisible?
¿Invisible frente al cielo, lejos de los sólidos escondites de la tierra?


Pero los sueños de nuestro tiempo no van tan lejos y el nido abandonado ya no contiene la hierba de la invisibilidad. Recogido en el seto como una flor marchita, el nido no es más que una "cosa". Tengo derecho de cogerlo en la mano, de deshojarlo. Me vuelvo melancólicamente hombre de
los campos y de los matorrales, presumiendo un poco del saber que transmito a un niño diciendo: "es un nido de paro".
Así el viejo nido entra en una categoría de objetos. Cuanto más diversos sean los objetos más sencillo se hará el concepto. A fuerza de coleccionar nidos se deja a la imaginación en paz. Se pierde contacto con el nido vivo.
Sin embargo, es el nido vivo el que podría introducir una fenomenología del nido real, del nido encontrado en la naturaleza y que se convierte por un instante —la palabra no es demasiado grande— en el centro de un universo.




Levanto suavemente una rama, el pájaro está allí incubando los huevos. Es pájaro que no echa a volar. Se estremece solamente un poco.Tiemblo ante la idea de hacerlo temblar. Temo que el pájaro que incuba sepa que soy un hombre, el ser que ha perdido la confianza de los pájaros.


La casa-nido no es nunca joven. Podría decirse que es el lugar natural de la función de habitar. Se vuelve a ella, se sueña en volver a ella. Este signo del retorno señala infinitos ensueños, porque los retornos humanos se realizan sobre el gran ritmo de la vida humana, ritmo que franquea años, que lucha por el sueño contra todas las ausencias.

El nido - lo comprendemos- es precario y, sin embargo, pone en libertad dentro de nosotros un ensueño de la seguridad. ¿Cómo es posible que su fragilidad evidente no detenga semejante, ensueño? Revivimos, en una especie de ingenuidad, el instinto del pájaro. Nos complacemos en acentuar el mimetismo del nido todo verde entre el verde follaje. Lo hemos visto decididamente, pero decimos que estaba bien escondido. Ese centro de vida animal está disimulado en el inmenso volumen de la vida vegetal. El nido es un ramillete de hojas que canta. Participa de la paz vegetal. Es un punto en el ambiente de dicha de los grandes árboles.


Fragmentos del libro" La poética del espacio" de Gastón Bachelard, dedicados al nido como imagen y lugar de ensueño poético.




Silentium. Arvo Part



Educación creadora: entrevista a Arno Stern

El adulto tiene el poder para destruir el juego espontáneo del niño. Y abusa de él, voluntaria o inconscientemente, con la idea de hacerlo por su propio bien. Y en cambio le causa un perjuicio, la mayoría de las veces irreparable.” Arno Stern





"Es una costumbre preguntar al niño: cuéntame tu dibujo, o qué has querido representar o qué has querido hacer aquí. ¿Es un árbol o una flor? Y la excusa de los adultos es demostrar interés por lo que hacen los niños. Esa es una razón hipócrita. La verdadera razón es que el adulto se cree superior al niño".  Arno Stern





El autor de la teoría de la Formulación visitó en Marzo de 2013  La Casa Encendida para desarrollar algunos de los puntos más importantes de sus investigaciones en materia artística, educativa y antropológica. 




La historia de Arno Stern comienza al final de la Segunda Guerra Mundial cuando, con veinte años, le ponen al cuidado de un grupo de niños, huérfanos de guerra, en un orfanato suízo. Afortunadamente, debido,a su inexperiencia y a su falta de formación sobre educación infantil, se le ocurre ponerlos a dibujar de forma libre para mantenerlos entretenidos, resultando tal actividad con un éxito inesperado, que le anima a continuar con la experiencia abriendo un taller de pintura en París.

Los descubrimientos iniciales que Arno va haciendo en torno al dibujo infantil y los niños, le llevan a iniciar un periplo por todo el planeta, en busca de tribus no hayan tenido todavía contacto con la civilización occidental. Arno está buscando, con estas investigaciones, la confirmación de lo que él ha creído descubrir con sus experiencias iniciales en el orfanato suízo y en su taller de París, y que dará lugar a lo que él ha llamado la Formulación.

La idea que está detrás de la Formulación es que todos los seres humanos tenemos una “memoria orgánica” que es universal y que se expresa a través del dibujo libre y espontaneo. La constatación vino dada por la comprobación realizada por Arno en estos viajes por todo el mundo, de que niños y adultos realizaban las mismas figuras y dibujos en todas partes.

 

Arno Stern. Del dibujo Infantil a la Semilogía de la Expresión.



Reses de Esther Ramón: algunos fragmentos

En medio de antiguas tumbas,
unas grandes, otras pequeñas,
existe una senda
para el ganado y las ovejas.
Bai Juyi







Al este la casa blanca del almendro. Entran con fotografías
y maletas. El perro deja de ladrar.

Clarea: madera quemada entre las baldosas y un banco
diminuto en el que ninguno se sienta. La madre abre
el cuero y cubre las camas. Olor cerrado. Antes de comer
bajan a por flores, llenan los vasos de agua espesa.

El niño ya no juega de día. Dormita en el patio, come arroz,
orina con los ojos muy abiertos. De noche se despierta
y construye torres con los objetos. Se derrumban, vuelve
a empezar.

Primera mancha en la colcha de los padres. Aceite sin olor.
La madre enjabona las preguntas. Y en el cobertor
de la niña. La camisa del padre. En las sábanas tendidas.
Y en las cortinas.

La abuela les cuenta la historia que le han contado.
El hombre que mataba cabras en esa casa. De toda la comarca
se las traían para que las sacrificara.

El perro atropellado, hay que enterrarlo. Bajo el almendro.
Los vecinos les regalan otro perro.

En el segundo verano el cielo se llena de letras blancas.
Canciones de siega y el sol ensartado día tras día en las montañas.

La abuela les cuenta la historia que le han contado. Cuando
había hambre y no daban leche. Los ojos desnutridos de
las cabras. Se las entregaban para que él las sacrificara. Sobre
el mantel de lino. En la labor de la madre. En los pañuelos.

Se gritan: por los vasos que caen, la posición de los espejos,
la suciedad de los cristales.

La abuela les cuenta la historia que le han contado.
Entonces sólo campo alrededor, sólo cordillera. El habitante
era un ermitaño. El pastor esperaba fuera. El ermitaño
entraba con ellas, echaba los postigos y atrancaba la puerta.

El padre es callado. Nadie sabe lo que escucha.

Bañaron al cachorro y se divirtieron con sus temblores.
Aquella misma noche cavaron de nuevo junto al almendro.
La madre se levantó temprano. Mediodía en el patio, sabor
especiado de las empanadas.

La abuela les cuenta la historia que le han contado.
El hombre quemando huesos. Adentrándose en las montañas.
Cuando el padre habla empaquetan las manchas.
En el tercer verano.

Con el calor se desprenden pequeñas piedras de los riscos.
Con las pisadas.





El artista
les pinta
la huida
en la boca
Su riesgo
en los dedos
plegados






En la llanura blanca corren caballos helados.
Calentamos agua para descongelarlos. Era una operación
delicada, queríamos intactos sus tatuajes, las alforjas de cuero,
el pasto prensado.

Con las articulaciones rígidas avanzan a saltos. Se inmovilizan,
toman impulso para quebrar el suelo que rebasan. Rumian
el frío y, al unísono, rehúsan resbalar.

Así que vertimos el calor taza por taza sobre sus lomos.

Crujido seco de las detonaciones, relinchos que caen rotos
como platos.

Eran animales tatuados. Con el agua despertamos dibujos
fabulosos: jinetes nervudos, mujeres guerreras, niños
en actitud de combate.

Ahora el viento aviva el frío y los caballos se endurecen.
Ateridos, lentamente adelantar una pata. Con movimientos
acartonados. Marchar.

Recuerdo el hedor, vuelvo a olerlo. Los estómagos
en digestión durante siglos, las bolsas de hierba cicatrizada.

En la parada entre dos saltos, los dientes comienzan a crepitar.

La corriente se extiende y tiritando patinan unos milímetros
de ida, otros de regreso.

Dentro del bolso de cuero encontramos un taburete
desmontable, un espejo de mano con cornamenta de ciervo,
dos ciruelas cristalizadas, un peine de hueso.

Minúsculas gotas de sudor. Alfileres, en cada poro.

Estábamos lejos, sin neveras, el helicóptero averiado,
los caballos reclamando su tiempo. Sólo pudimos mirar.
Contornos que se descomponían. Marcas de hachazos
en los cráneos. Lomos grises de la ceniza.

Llueve y las rodillas se liberan: trotan, galopan, se queman.

El vacío de un vaso sobre el perímetro exacto de la vela.
El humo blanco.





Jardines
(junto al
manzano
prendió
la cerilla
del contagio
la verruga
la simiente
del árbol
calcinado


de Reses, (Ediciones Trea, 2008)






Esther Ramón (Madrid, 1970) es poeta, crítica, profesora de escritura creativa y doctora de Teoría de la Literatura y Literatura comparada por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado cinco libros de poemas: Tundra (Igitur, 2002), Reses (Trea, Premio Ojo Crítico 2008), grisú (Trea, 2009), Sales (Amargord, 2011) y Caza con hurones (Icaria, 2013) y Desfrío (Ediciones Varasek, 2015).
Ha sido coordinadora de redacción de la revista Minerva, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y directora del programa de poesía de Radio Círculo Definición de savia. Entre sus últimos proyectos destaca Digging, en la Bienal de arte contemporáneo LIAF 2013, en las islas Lofoten (Noruega), que se enmarca dentro de su habitual colaboración con artistas de otras disciplinas y de la investigación centrada en el diálogo entre artes que viene desarrollando desde hace más de quince años. 
Actualmente, coordina el taller de poesía La flecha y lo blanco en la Fundación Centro de Poesía José Hierro, que se desarrolla en el diálogo de la poesía con artes como la pintura, la fotografía, la escultura, el teatro, el cine o la música.