sábado, 3 de marzo de 2012

Tres poemas de "La caja de música" de Olga Muñoz Carrasco





BAJO EL CIELO rectangular
se oyen pájaros de humo
sucio zureo desde los palomares.

Asomarse al patio
para de levísimas cuerdas
ahorcar animales inmensos
que chorrean
y enfrían el suelo.

Tan lento frescor de la muerte.



LOS CERROS PARECEN de humo.
Imposibles sobre ellos
se hincan edificios y antenas
que evitan el desprendimiento
o la evaporación de la tierra apelmazada.

Nadie sabe si en lo alto
hay ángeles que acumulan arena y la sostienen
como telas borrosas
en el cielo.






VISTA DESDE ABAJO
la casa  la cueva  el lugar de cobijo
parece un espacio amaestrado
un hueco lleno de infinito y orden.

Se repiten los gestos a diario
hasta que el hábito los aniquila
congelados como están
sucediéndose sin fin.
Nada nuevo entra en la imagen
enmarcada en alguno de los cuatro balcones.

Vista desde abajo parece una caja vacía
más bien una caja de música inaudible
abierta por sorpresa y en el centro
desplazándonos apenas
giramos y giramos los tres
nos miramos de reojo
reflejados en el cristal de los balcones
a cada vuelta.






Olga Muñoz Carrasco (Madrid, 1973) es profesora e investigadora en Saint Louis University (Madrid Campus) y en la Universidad Complutense de Madrid. Dedicó su tesis doctoral a la poesía peruana, trabajo por el que obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado. En el Perú se ha editado su libro Sigiloso desvelo. La poesía de Blanca Varela (Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2007). Como investigadora ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas, además del prólogo al poemario Hotel del Cuzco y otras provincias del Perú de Pablo Guevara (Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2003).

Su poesía ha sido recogida en varias revistas españolas e hispanoamericanas (El signo del gorrión, Revista del Vigía, Vera, 7de7…). Ha participado igualmente en numerosos recitales y encuentros poéticos. La caja de música es su primer poemario publicado y en pocos meses está previsto que salga a la luz el segundo, El plazo. Actualmente se encuentra trabajando en un nuevo poemario titulado tentativamente Cráter



Comparto un texto de la poeta Yaiza Martínez sobre La Caja de música:

“La caja de música” es su primer poemario publicado. Ha aparecido en la colección de poesía “Señales de vida”, editada por la Fundación Inquietudes y la Asociación Poética Caudal.

El libro está dividido en tres partes: “La casa amarilla”, “Lima innominada y “La caja de música”. Como elemento común de todas ellas, creo que podría decirse que las tres están atravesadas por una misma inquietud semántica: la de la contraposición de la luz a la oscuridad, de lo bello a lo miserable, del amor a lo cotidiano. 

Esta contraposición aparece ya en el primer poema del libro, en el que la autora nos habla del “fogonazo y su ceguera” y, a continuación, del “sabor árido del estiércol”. 

A partir de este comienzo, todo el libro parece querer resolver la paradoja profunda de la vida como enorme impulso que, sin embargo, no elude rutinas ni grandes temores ni la certeza de la temporalidad. Este contenido semántico concreto seguirá adelante en el siguiente libro de la autora, “El Plazo”, que saldrá publicado próximamente en la colección Once de la editorial Amargord. 

Pero, a pesar de la temporalidad, la intensidad. En este rincón pequeño, la gota de luz y su testimonio, parece decirnos el poemario de Olga Muñoz. Ese rincón es, en la primera parte del libro y también en la última, el hogar. 

Dentro de la casa de este libro, y gracias a la palabra poética, los objetos pasan a ser el “cuerpo” o la “forma” de los estados anímicos del yo poético. Este ejercicio, en el que las cosas y el espíritu se funden, además de hacer que materia y espíritu se alimenten recíprocamente, provoca la aparición, a ojos del lector, de un espacio vivo e incandescente, numinoso, que arrastra en igual medida hacia la belleza y hacia la inquietud; que a la vez prende la vida a lo cotidiano, y también la salva de su propio e inevitable desgaste.
 

La escritura de la segunda parte del libro, “Lima innominada”, se gesta en los meses que Olga Muñoz Carrasco vivió en Lima, mientras trabajaba en su tesis sobre la poeta Blanca Varela. 

Los recursos utilizados en esta parte del poemario son similares a los empleados anteriormente, pero en este caso sirven a la autora no para nombrar lo invisible en el hogar, en la casa, sino para describir una ciudad que, en lo obvio, es tétrica y lúgubre pero, más allá, en lo invisible o no tan material, sigue rabiosamente viva. Una ciudad que “labra sin descanso”, sigue adelante, a diario, con su “tenaz orfebrería”, como escribe Olga. 

Por tanto, en “Lima innominada” encontramos de nuevo la misma contraposición entre la luz y la oscuridad de la que hablábamos al principio, pero, en este caso, esta contraposición se radicaliza, y no sólo porque las imágenes empleadas sean más duras que en las del resto del libro (ángeles y aves conviven con humo y mugre de manera continuada), sino también porque los objetos pasan a la acción, pasan a ser una parte activa de los contrastes o el sujeto de éstos. 

Es el caso de: “Lima ensució la luz” o de los versos “Sol blanco / una de tantas falsas monedas / mancha el cielo”. Creo que, con este paso, el yo poético une de forma irremediable a Lima con su materia bajo una amarga sensación de condena y desesperanza. 

En la tercera parte del libro, “La caja de música”, el yo poético vuelve al ambiente del hogar. Y lo hace con una declaración de intenciones, expresada por el verso de otra poeta, Patricia Esteban: “También las lámparas pueden mirarse”. 

La casa vive ahora la sacudida que supone la llegada de un hijo, una llegada que parece ser todo luz, a pesar de los matices oscuros circundantes, en realidad a pesar de cualquier cosa. 

En esta situación, el yo poético alcanza por momentos estados visionarios y revive el tiempo absoluto, mítico -propio de la infancia y rememorado gracias al hijo-. Olga Muñoz escribe entonces que “nada escapa a la memoria ni me pertenece” o describe la casa como un “hueco lleno de infinito y orden”. 

Más adelante, esta vuelta momentánea a la raíz gracias a la prolongación, sin embargo, no impedirá que la vida siga imponiendo sus contrastes y que sigamos siempre paseando “por calles de familiares muertos / intentando abrirnos paso”, como escribe Olga. Al final, en el último poema, el yo poético parece posicionarse ante la paradoja que constituye la vida eligiendo ese “lugar preciso para empezar a andar / hacia la casa…” 

Sobre el lenguaje poético de este libro, yo diría que Olga Muñoz emplea en él la palabra poética para recrear espacios cotidianos que, mediante el lenguaje, se transforman en espacios significativos, cargados de una semántica emocional. 

De esta forma, en “La caja de música”, el pensamiento y la emoción son los que levantan la casa, la ciudad y el nido, a través de la palabra. Emerge así en el poemario la intención de los entornos, que nunca sabemos bien si está en ellos mismos o si consiste en una subjetividad volcada. El caso es que la pericia poética de la autora hace que estos espacios, siendo simples lugares, nos conmuevan y nos hablen. 

Esto creo que es posible gracias a que la poesía de Olga Muñoz, como toda la buena poesía, hace visible lo que no se ve: elabora y expone un universo que en la lectura nos parece entrañado en cada cosa desde siempre, y que sin la lectura nos pasaría completamente desapercibido.

Yaiza Martínez